Por: María Elvira Bonilla

‘El antihéroe

SU MUERTE FUE UNA PARODIA DE SU vida en medio de la soledad, el hastío y los fármacos.

Extravagante en sus gustos y sus gastos. Ese fue Michael Jackson, endiosado en su necrología mediática como el gran artista de todos los tiempos, que oculta su trágica condición humana. Lejos, muy lejos, quedó el gracioso niño negro de 11 años, con su afro natural y el sombrero fucsia, cantando y bailando junto a sus cuatro hermanos, que delataba un futuro promisorio, cuando irrumpió lleno de alegría, talento e ingenuidad con la banda Jackson Five en 1969.

Michael Jackson se odiaba a sí mismo: su origen social, el color de su piel, los rasgos de su raza, el pasado que le había robado una infancia que quiso recuperar con su paraíso inventado en Neverland, la tierra del nunca jamás. Utilizó entonces su talento musical y sus millones en un vano intento por reinventarse. Tres décadas de cirugías plásticas convirtieron su figura en el reflejo de un alma enferma, esclava de las excentricidades. Despreciaba las mujeres, que para él eran sólo receptáculos para concebir unos hijos que les arrebataba casi que en el momento mismo de nacer. El último de ellos, Prince Michael II, al que balanceó temerariamente en un balcón en Alemania, fue concebido en un vientre alquilado. En 1994 fue llevado a las Cortes por acoso infantil y escapó de la condena con un cheque de 22 millones de dólares, girado al padre del acusador, y en 2005 afrontó nuevamente acusaciones de pedofilia, proporcionándole un puntillazo a su imagen y a su bolsillo que planeaban él y sus voraces empresarios recuperar en la gira inglesa que estaba por iniciar.

Como salido del Museo de Cera de Madame Toussaud, Jackson se convirtió en una especie de muñeco en movimiento. Una figura repulsiva, asexuada, con un rostro desfigurado por el bisturí, enfundado en un cuerpo adolescente vestido con pintas estrafalarias, de movimientos vulgares y provocadores, que no era otra cosa que la caricatura macabra del niño perdido en su descenso hacia el irremediable declive final.

Da rabia lo que ha sucedido con su muerte. Fans enloquecidos —normal en estos tiempos del espectáculo multimedia con sus héroes de barro y derroche publicitario— que suscitan interminables horas de transmisión televisiva en los canales nacionales e internacionales. Da rabia y no se entiende la despedida ampulosa que se le ha dado a este errático personaje con titulares como “Muere el genio, nace un mito”. ¡Cuál mito! Un talento musical que llegó a su cima con su álbum y videoclip Thriller (más de 100 millones de copias vendidas) hace más de 25 años; un éxito con el que paradógicamente inició su caída hasta terminar sumido en las fantasías y los temores que lo convirtieron en un despreciable ser humano que puede ser cualquier cosa menos una figura para exaltar.

Da rabia la capacidad que tienen los medios, ahora potenciados por la internet, para construir íconos, inventar personajes y proyectarlos como ídolos. Logran algo increíble y pernicioso: hacer de la miseria humana una virtud. Esto ha ocurrido con Michael Jackson, un antihéroe despedido como rey.

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