Por: Daniel Pacheco

La eutanasia de Pepe

HAY RAZONES PARA SOSTENER QUE la muerte de Pepe, el hipopótamo prófugo de Pablo Escobar cazado por miembros del Ejército, fue una eutanasia.

La primera es que Pepe se nos fue sin herir a nadie, fuera de algunas susceptibilidades. La segunda es que si el nivel generalizado de indignación nacional tiene detrás alguna sustancia, tal vez será a nombre de Pepe que a su pareja, a su cría y a los demás hipopótamos de la Hacienda Nápoles se les resuelva definitivamente la vida.

Muchos expertos en fauna sostienen que después de los mosquitos, los hipopótamos son los animales que más muertes humanas causan en África. A pesar de su semblante regordete y rosado, estos animales son altamente territoriales, temerarios y agresivos. Por ejemplo, hace más o menos un año, una madre y su bebé de brazos murieron en las fauces de un hipopótamo furioso en Zambia, cuando cruzaban el río Zambezi en una canoa. Entonces, argumentar que Pepe llevaba libre no dos años sin causar daños a nadie, no es prueba de nada distinto a que murió a buen tiempo. ¿Me pregunto cuál sería la actitud de los actuales detractores del operativo contra Pepe si hubiera causado alguna muerte? Seguramente sería la misma, pero por la razón opuesta.

Esto lo pone a uno en los pies de la gente que tiene que tomar decisiones difíciles, como, ¿qué hacer con tres hipopótamos deambulando por el Magdalena? Hay de entrada una prioridad: hacer algo antes de que alguna persona salga lastimada. Las personas están por encima de los animales, siempre. En segundo lugar, está la cuestión del dinero: ¿cuánta plata vale la pena gastarse para salvar la vida de tres animales y solucionar el problema de 22 más que quedan en la Hacienda Nápoles?

Según los reportes de marzo de este año, la Corporación Regional de Santander había contratado a la Fundación Silvestre Neotropical para encontrar y capturar a los animales. Sin embargo, además de que se pasaron para Antioquia, el invierno retrasó los operativos. Capturar vivo a un animal de más de una tonelada de peso y que anda metido en el agua durante el día no es nada fácil. A principios de siglo, por ejemplo, los cazadores Hawatii de Sudán utilizaban arpones especiales que se fijaban superficialmente en la carne de los animales y a los que se ataban cuerdas para arrastrarlos a tierra. Más tarde, en los 60, se experimentó con fármacos anestésicos. La complicación aquí es que los animales anfibios tienen que estar en tierra firme, a donde van en las noches, pues de lo contrario existe un alto riesgo de que se ahoguen. Con esta información a la mano, y con el corazoncito puesto al servicio de la gente y del medio ambiente, cazar a Pepe parece una opción buena y barata.

Fea también, pero a la larga útil. La mejor contribución de Pepe, posando muerto con unos militares contentos (porque excepcionalmente tienen una misión distinta a matar gente) sería ayudar a superar el síndrome, más colombiano que echar bala, de quejarse y no hacer nada. Que se hagan colectas, que se hagan campañas, que se haga algo más que editoriales para salvar a Pepa, a Pepito y los demás narcopótamos.

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