Por: Daniel García-Peña

¿En vísperas del posturibismo?

LA DERROTA DEL GOBIERNO EN LA elección de las mesas directivas del Congreso fue un golpe contundente al referendo reeleccionista. Tanto así, que Semana, luego de un análisis impecable de la situación jurídica y política, le decreta la muerte.

Pero aún no podemos cantar victoria. No olvidemos que en este país pesa más el surrealismo mágico que la realidad institucional y el “Estado de opinión” mata “Estado de Derecho” (en términos ajedrecísticos). Uribe y sus secuaces seguirán haciendo hasta lo imposible para imponer su segunda reelección. Y no deja de ser curioso y/o casual que noticias de los “cercos al Mono Jojoy” aparezcan justo por estos días.

De todas maneras, lo sucedido en el Congreso sí tiene un inmenso significado: puso en duda la viabilidad del uribismo sin Uribe.

Pese a que todos los uribistas comparten su misma ideología de derecha, son muchísimas las diferencias de intereses y vanidades que los separan. La pelea entre Santos y Vargas Lleras va mucho más allá de una simple rivalidad entre dos nietos de ex presidentes del liberalismo oficialista. Uribito y Noemí puede que hagan parte del mismo Partido Conservador y que ambos sean paisas, pero su duelo por el poder es a muerte. Luis Carlos Restrepo, enviado especial de la pura cepa del uribismo, en lugar de unificar las huestes, se dedicó fue a camorrear y promover su propia agenda.

Al fin y al cabo, el uribismo no es más que una mescolanza entre las viejas oligarquías de los partidos tradicionales y las élites económicas con la clase emergente narcoparamilitar. El Frente Nacional ampliado por el Pacto de Ralito. Figuras de mostrar, de la más alta alcurnia y perfecto inglés, por un lado, y por otro, quienes provienen del bajo mundo y usan la puerta trasera de la Casa de Nari. Una montonera, que juntó Uribe, y que hoy no parece tener quién la pueda mantener.

No obstante, no hay que confundir el hecho de que el uribismo se reviente en pedazos sin Uribe con el fin del proyecto uribista.

Independientemente de la posición política que uno pueda tener, es un hecho que Uribe ya dejó su marca y el país nunca será el mismo que antes. Sea quién sea el nuevo presidente, tendrá que realizar consejos comunitarios y la Casa de Huéspedes nunca tendrá los niveles de uso que tuvo en la época de Pastrana.

Más significativo aún, las macropolíticas del proyecto uribista ya están en curso y son un reto poderoso enderezarlas. No sólo la seguridad democrática. También, el modelo económico, las relaciones con USA (con bases incluidas), las profundas transformaciones en la tenencia y uso de la tierra, el desplazamiento masivo, el afianzamiento del Estado mafioso, el daño hecho a la separación de poderes, etc.

La derrota del Gobierno en el Congreso fue más el resultado de las peleas internas del uribismo que un triunfo de la oposición, sin demeritar la labor que jugó César Gaviria. Hasta que los de la oposición no logremos proyectarle al país una alternativa viable y democrática para el período posturibista, ésta seguirá siendo la mayor garantía para la continuidad del proyecto uribista sin Uribe.

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