Por: Juan Gabriel Vásquez

Peligro: viene el libro electrónico

“LA LITERATURA EN PAPEL ESTÁ condenada a restricciones físicas inaceptables”, escribía Javier Moreno el sábado pasado en este periódico.

“El formato digital permitirá que la literatura nazca y se mueva con agilidad”. Su columna era un alegato a favor del libro electrónico y en contra de los románticos como yo, que insensatamente desconfían (desconfiamos) de estas nuevas tecnologías. Pero apenas diez días antes de su columna sucedió en Estados Unidos algo que, si el mundo nuestro fuera menos tecnólatra, generaría inmensa preocupación. Algo que echa nueva luz sobre las “restricciones físicas inaceptables” y sobre la manera en que el formato digital permite que la literatura “se mueva con agilidad”.

Hacia el 16 de julio, varios lectores de Kindle, el soporte electrónico de Amazon, notaron con sorpresa que algunos libros habían desaparecido de su aparato. Entre ellos hay uno que me interesa en particular, por la ironía deliciosa que su desaparición implica: 1984, de George Orwell. Ante el escándalo subsiguiente, Amazon explicó que los libros habían sido publicados por equivocación, porque sus editores no tenían los derechos para explotarlos; así que, en cumplimiento de la ley, Amazon se metió al libro electrónico de estos lectores y eliminó los libros. La eliminación, por supuesto, vino acompañada del reembolso a los lectores frustrados.

Amazon es una compañía seria: se dio cuenta de que no tenía derechos sobre esas obras, y las retiró del aparato. Pero cualquiera se da cuenta de que la cosa no termina ahí. Los lectores de 1984, esa novela sobre la vigilancia constante de los individuos, sobre la pérdida de libertades, sobre la injerencia en nuestras vidas por parte de fuerzas que nos sobrepasan, vieron (vimos) en esa situación un augurio temible. Supongamos que se cumplen los deseos de los tecnócratas y el libro en papel desaparece en un futuro, dejándonos únicamente con el libro electrónico. Eso quiere decir que nos enfrentamos a un mundo donde otros tienen el control sobre lo que leemos; un futuro donde la tecnología permitirá que los libros a que tengo acceso —los libros de mi soporte electrónico— puedan ser controlados remotamente, eliminados de mi biblioteca sin mi permiso, o, peor aun, censurados sin que yo me entere.

Es un escenario espeluznante. No tengo que hacer la lista de fuerzas, políticas o religiosas o económicas, que pueden sacar provecho de un sistema que, en la práctica, es el sueño de los fascismos. La prohibición de un libro (práctica corriente en Irán, o en China, o en las bibliotecas fundamentalistas de Estados Unidos) nunca es perfecta: en la Rusia de Stalin o en la Alemania de Hitler la literatura prohibida encontraba formas subterráneas de circular. Pero cuando esa literatura sólo existe en la memoria de un aparato, y cuando alguien —hoy, una compañía; en el futuro, un juez o un ayatolá o un presidente-comandante— puede entrar en todos esos aparatos y eliminar todos esos libros... No sé. Si escuchamos con atención, tal vez oigamos al Gran Hermano desternillarse de la risa.

“La literatura no se deshace al contacto con los píxeles”, escribía Javier Moreno en la columna de marras. Dudo que los lectores frustrados de 1984 piensen lo mismo. Pero pueden estar tranquilos: el libro de papel todavía se consigue en la biblioteca.

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