Por: Gustavo Duncan

Coma inducido

POR RAZONES DE ESTUDIO EN EL EXterior dejaré de escribir esta columna.

Desde afuera, por experiencia ya vivida, sé que es muy difícil seguirle el pulso a la realidad colombiana y prefiero no arriesgarme a escribir sobre una realidad que se escapa al simple seguimiento de prensa.

Lo que me causa mucha inquietud luego de este ‘coma inducido’ de varios años es el futuro del país. Salvo algunos otros Estados del hemisferio en donde tampoco existe nada predecible —Venezuela y Haití principalmente—, Colombia se muestra como una nación donde muchas cosas están por definirse. Y no se trata solamente de incertidumbre en materia de política interna. ¿Cómo evolucionará el conflicto? ¿qué pasará con el narcotráfico? y ¿cómo sorteará el país la coyuntura internacional tan complicada? son preguntas que estarán vigentes de aquí a cinco años.

Sin embargo, estoy convencido de que sea lo que venga será parte de un proceso reiterativo. Más allá de si Uribe puede repetir o no, la historia política colombiana continuará girando en torno a acuerdos y mayorías de una clase política profesional ligada al narcotráfico y la violencia. No veo por qué motivos el pulso entre dirigentes nacionales y mediadores regionales que representan el poder de facto de quienes mueven la economía regional vaya a alterarse de manera radical.

Mucho menos se avizora el final del narcotráfico como una de las grandes empresas del país. En el tema de los cultivos ilícitos no aparece en la agenda de ningún partido, ni siquiera de un movimiento de la sociedad civil, la solución al problema de la colonización. Mientras existan colonos en busca de tierras en los extramuros de una frontera agraria que falta mucho para agotarse existirá coca en Colombia. Tampoco es claro el panorama en los municipios y las regiones que se acostumbraron a vivir de los excedentes de la droga por ser corredores, lugares de lavado, laboratorios y residencia de capos. El Estado y la sociedad no parecen ofrecer ningún tipo de alternativa económica creíble para que puedan mantener esos niveles de consumo.

El narcotráfico perdurará no sólo porque cuenta con protección política. Están las Farc y numerosos ejércitos privados dispuestos a defender ese orden de las cosas. Dentro de un puñado de años, ¿cómo se llamará el ejército de moda? ¿‘Rastrojos’, ‘Águilas Negras’, ‘ONG’ (Organización Nueva Generación) o algún nuevo acrónimo?

Pero lo que más me llama al pesimismo es que no veo razones para que sectores modernizadores encuentren interés en transformar la sociedad. ¿A los grandes empresarios de las ciudades colombianas en qué les afecta que existan guerrillas y colonos cocaleros en el Guainía? ¿Por qué habrían de pagar la cuenta de solucionar ese problema? Y si ellos no aportan, ¿por qué deberían sentirse obligados a hacer concesiones los políticos de provincia o los terratenientes ganaderos?

Es por eso que espero disfrutar, mientras dure, de mi coma inducido.

Posdata: No sobra agradecer a Fidel Cano y a Nicolás Rodríguez por haberme dado un espacio en El Espectador y que sea la ocasión para pedir disculpas a quien pueda haber molestado con mis columnas.

 

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