Opinión |8 Sep 2009 - 9:36 pm
Visión Global
La hora de la academia
Por: Arlene B. Tickner
La política internacional nunca ha sido un tema prioritario para el sector académico en Colombia (ni tampoco para los políticos ni los medios de comunicación).
Nuestra caracterización como el Tíbet de Suramérica se ha visto reflejada en la academia misma, que es parroquial y aislada de muchos debates que ocurren en el resto del mundo. A nivel local, la fragmentación, la falta de espacios de interacción y diálogo, y la cercanía al poder —más soñada que real— influyen en las labores de quienes estudian y enseñan las relaciones internacionales como profesión. En contraste con otras áreas del conocimiento, además, su estatus se mide en función de sus (buenas) relaciones con el Estado y la producción de ideas susceptibles de ser convertidas en recomendaciones prácticas de política exterior.
Expresiones tales como, “cuando yo trabajé en el Ministerio de Relaciones Exteriores” o “cuando yo me desempeñé como funcionario diplomático” gozan de enorme prestigio en los círculos internacionalistas, justamente bajo el supuesto de que pensar la política internacional y ejercerla son dos actividades tan disímiles que la producción intelectual se enriquece sólo al vivir en carne propia las exigencias del “mundo real”. Paradójicamente, por más expertos que hay al servicio del Estado, el consenso general es que la política exterior colombiana es defectuosa en extremo.
En contraste con esta visión, Edward Said —más conocido por sus críticas literarias y su trabajo sobre el orientalismo— sugiere que los verdaderos intelectuales deben estar al servicio de las sociedades y no de los Estados, labor que exige no sólo ser independientes sino políticamente incorrectos, polémicos y atrevidos.
Consciente de la necesidad de mejorar la calidad del debate académico y público sobre la política internacional, la Red Colombiana de Relaciones Internacionales —una agrupación de profesores e investigadores de todo el país— realizó su primer Congreso en la Universidad del Norte (Barranquilla) a finales de la semana pasada. Entre los temas analizados, el quehacer de los internacionalistas, el (mal) estado de la política exterior del país, y la necesidad de repensar las categorías con las que se analiza su interacción con el mundo. Sorprendió en las deliberaciones no tanto el consenso existente sobre las deficiencias intelectuales del campo, sino el entusiasmo con el que se busca corregirlas.
En la medida en que se logre construir una comunidad académica en relaciones internacionales, el debate crítico entre pares debe ir reemplazando la dependencia de los internacionalistas a los requerimientos estratégicos del Estado. Solamente entonces, al agitar el debate y suscitar mayor controversia, cumplirán con lo que en opinión de Said debe ser su real vocación: hablar la verdad al poder, en lugar de que el poder termine definiendo la verdad. En esta coyuntura crítica que enfrenta la política internacional de Colombia no se puede esperar menos.
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El mundo observa atónito la castración progresiva de la democracia colombiana. El último en pedirle al Presidente que desista de buscar otra reelección fue Andrés Oppenheimer, del Miami Herald. Parece tal la obsesión de Uribe con la cosa que una carta de Barack Obama tampoco bastaría para que abandone su misión suicida (para el país).
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