Opinión |12 Sep 2009 - 1:32 am

Miguel Gómez Martínez

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Por: Miguel Gómez Martínez

HACE OCHO AÑOS OCURRIÓ EL ATAque contra las Torres Gemelas en Nueva York. Como cada año, se recuerdan los momentos de heroísmo y tragedia que conmovieron al mundo.

Algunos sostienen que ese hecho cambió la historia y que los Estados Unidos nunca serán iguales. Para otros, este acto terrorista es el fin de una era y el inicio de una nueva etapa en la que se enfrentan concepciones radicalmente distintas de la humanidad. El radicalismo musulmán dejó en claro que la guerra contra la cultura occidental predominante era su principal objetivo.

El atentado derivó en las guerras de Afganistán e Irak, que a su vez polarizaron la opinión pública internacional. Los radicales islámicos han extendido su influencia a otras regiones como Pakistán, Egipto, Gaza e Indonesia. Su peso político parece creciente y no puede ser ignorado. Tienen capacidad de bloquear algunos gobiernos y no dudan en utilizar la violencia para enviar mensajes a los moderados y al mundo no musulmán.

No estamos delante de un conflicto exclusivamente religioso. Muchos otros factores entran en juego y no pueden ser ignorados. Están, por ejemplo, los elementos geopolíticos derivados de la economía del petróleo. Además, la dinámica demográfica de estas naciones es muy superior a la del mundo occidental, lo que genera tensiones migratorias en muchos países musulmanes que tienen hoy más de la mitad de su población por debajo de la mayoría de edad. Y persiste el problema no resuelto de palestinos e israelíes.

Pero también hay elementos sociológicos que nos dividen. El papel de la mujer en estas sociedades es muy diferente al que tienen las occidentales. Los conceptos de justicia, castigo, separación entre religión y Estado son diametralmente opuestos en las sociedades islámicas y en las democracias de inspiración occidental.

Estas realidades se agudizan con la reciente aparición de la dimensión nuclear. Pakistán está dotado hoy de capacidad nuclear e Irán lo estará en poco tiempo. Son naciones inestables que pueden iniciar conflictos de gravísimas consecuencias para el mundo entero. El petróleo les ha brindado a algunos de ellos una influencia económica y política creciente. Es el caso de la mayoría de los países de la Unión Europea que requieren el petróleo proveniente del Golfo Pérsico y están muy interesados en los enormes mercados que se abren en esas latitudes. La influencia diplomática de Europa se ve limitada por su dependencia energética de Rusia y del Medio Oriente.

Pero tal vez el mayor peligro es el fraccionamiento del mundo musulmán. Hay países grandes y poblados como Pakistán o Indonesia; los hay pequeños y despoblados como Arabia Saudita y los Emiratos; los hay ricos como los petroleros y pobres como Marruecos o Egipto; los hay árabes y no árabes. Esta diversidad aumenta la inestabilidad, pues los problemas y aspiraciones no son iguales. El mundo musulmán es interesante y muy complejo, lo que desafía la capacidad de la diplomacia occidental, regida por principios y valores que no son siempre comunes.

Ocho años después del atentado del 11 de septiembre, seguimos sin descifrar todo lo que está detrás de este hecho histórico.

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