Opinión |18 Sep 2009 - 10:17 pm
La visita que no llamó al timbre
Por: Miguel Ángel Bastenier
Estos últimos días han pasado por Madrid, agasajados con los fastos de rigor, los dos principales representantes del llamado bloque chavista o eje bolivariano: el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y el de Bolivia, Evo Morales.
El primero lo hacía para demostrar que no solo se codea internacionalmente con Teherán, sino que se le recibe también en Europa; y el segundo para obtener condonaciones de la deuda, lo que considera obligación de la antigua potencia saqueadora, y, al mismo tiempo, captar votos entre los 58.000 compatriotas que La Paz reconoce como electores ante los comicios presidenciales del 6 de diciembre. Chávez invocaba, además, la regla no escrita de que todo jefe de Estado de país hispanófono, tiene derecho, aunque sea por escala aérea, a su ración de Rey Juan Carlos.
América Latina alberga diferentes sensibilidades políticas: una, sosegada, que gusta de Europa y se entiende con Estados Unidos; y otra pendenciera, que no busca pleitos con la UE, pero hace de Estados Unidos su saco de boxeo preferido. Esta última está en primera instancia integrada por Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, con Cuba a lo lejos, y flecos coyunturales desde Argentina al Caribe. Pero incluso del equipo titular hay que hacer notables reservas al hablar de bloque o eje.
Hoy, cuando el líder venezolano parece hallar terreno abonado para explotar la política de la soflama, es cuando las grietas son más evidentes. El gran triunfo de Hugo Chávez lo constituye Álvaro Uribe, presidente de Colombia, que es quien define a favor de Caracas el terreno de juego con su reciente ocurrencia de alquilar, ceder, o habilitar siete bases a Estados Unidos. Las bases no importan tanto por lo que son -establecimientos militares que sirven a la bulimia geopolítica de Washington, pero innecesarias para hacer la guerra- como por lo que permiten a Chávez. ¿Qué derecho tiene Occidente de criticar a Caracas por su acercamiento a Moscú, que en ningún caso entraña implantación extranjera, si Bogotá practica el pensamiento único de complacer por encima de todo a la super-potencia? Pero es en esa coyuntura tan aparentemente favorable a la política radical del bolivariano, en la que los seguidores de Venezuela han optado si no por rebelarse, sí por mirar para otro lado. En la pasada cumbre de Unasur, en Quito, fue flagrante el desinterés del presidente ecuatoriano Rafael Correa por sentar en la picota a Uribe, con quien, al contrario, quiere recomponer relaciones a poco que Colombia se olvide de que acusó un día a Ecuador de connivencia con las FARC. Y el propio Morales, con su uso tan idiosincrático del idioma, hacía virtualmente imposible saber a quién apoyaba en la refriega. La irritación de Chávez era tan patente en la reunión como, por razones diametralmente opuestas, la del presidente brasileño Lula, quien desearía que no hubiera bases porque complican su apuesta hegemónica en América Latina, tanto como el venezolano se felicitaba de que estuviesen allí.
Aunque haya 'chavismo', lo que faltan son chavistas. El nicaragüense Daniel Ortega se auto-liquida como peso pluma de la política latinoamericana, y porque Managua no es ideología sino oportunismo. Morales, que había sido muy disciplinado hasta Unasur, se aparta, sin embargo, de Chávez en que si éste tiene divergencias -graves pero no estructurales- con Occidente, el indio aimara proclama diferencias abismales de civilización. Su bandera es un 'no' a Occidente -o sea España- aunque la terminología no haya podido ser la misma en Madrid que en La Paz; 'genocidio' es palabra muy fea para decirla a la cara. Y si no hay por qué que dudar de la sinceridad de Chávez en su apoyo al indigenismo, el líder boliviano corresponde no usando el nombre del criollo Bolívar en vano. Ambos movimientos son profundamente distintos, pero Correa aún se desmarca más porque ni quiere pelearse con Occidente ni rezar a la Pachamama indígena. El ecuatoriano no persigue una trifulca interminable con Bogotá, porque no aspira como Caracas a revolucionar el continente; su socialismo más que del siglo XXI es de la doctrina social de la Iglesia; y ante el indigenismo habla como jacobino que defiende la igualdad de todos ante la ley. Cosa muy distina es que los recorridos de los tres coincidan tácticamente en la presión y cerco a unos medios de comunicación, que les son frontalmente contrarios.
¿Bloque? El término da idea de sólido monolito, unidad de propósito, complementariedad de acción. No cuela. ¿Eje? Aquí bastaría una transversalidad de intereses, perdurable o no. Algo mejor. Cuando los decibelios de Caracas amenazaban con su mayor estruendo, el coro desafina. La partitura no es la misma.
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