Opinión |18 Sep 2009 - 10:26 pm

Julio César Londoño

La cosmología del siglo 21

Por: Julio César Londoño

SI USTED ES UNA PERSONA AMBICIOsa y desea figurar por vías menos patéticas que las que brindan los realities y la Fiscalía, le tengo una propuesta clara: elucubre una cosmología moderna (la cosmología clásica lleva cien años de obsolescencia porque sus tres pilares: física newtoniana, geometría euclidiana y lógica aristotélica, han sufrido averías de consideración). No es un trabajo fácil, por supuesto, pero vale la pena.

La nueva cosmología tiene que reforzar este trípode con ciertos avances teóricos o tecnológicos (relatividad, genoma, computación, unificación electrodébil) y complementarlo con un cuadrivium que incluya la economía, porque el oro es el único becerro que todos adoramos; la semiótica, porque sin ella el corpus resultante no sería verdaderamente moderno; la ecología, porque recién ahora nos percatamos de que debemos cuidar el agua, el aire y la tierra, del fuego; y la ética, “porque somos siempre moralistas y sólo a veces geómetras”. En lo que hace a la física, usted sólo debe poner a punto la teoría de las supercuerdas, es decir, un modelo total que concilie los postulados de la relatividad, que opera a escala estelar, con los dictados de la mecánica cuántica, cuyo dominio es el mundo subatómico.

Las nuevas geometrías, las no euclidianas, ya están trazadas. Usted sólo debe estudiarlas y familiarizarse con esos espacios donde las paralelas se cortan —o no existen— y los ángulos interiores del triángulo nunca suman 180 grados. Elemental.

En lo que respecta a la lógica, le sugiero olvidarse de las sensateces de Aristóteles y urdir una metalógica que no se arredre ante las paradojas ni se mosquee ante las contradicciones, y que sepa esquivar, al tiempo, la simplicidad de los antiguos, los laberintos de los modernos, la mendicante humildad de los posmodernos y el traidor sentido común de todos los tiempos.

En economía, esa disciplina equidistante de la matemática y de la astrología, todo está por hacer. La disolución de la URSS, el auge y los desmayos de los “tigres asiáticos”, el “efecto tequila”, el “corralito” argentino y la crisis hipotecaria de los Estados Unidos, sucesos todos que cogieron en Babia a los politólogos y a los economistas del mundo entero, demuestran de manera palmaria que en este terreno, caminante, no hay camino —¡de modo que avanti!—.

En semiótica, esa suerte de matemática del signo, con que usted logre descifrar los criptogramas de sus pontífices —Barthes, Ducrot, Todorov y Eco— y ponga sus conclusiones en límpidas ecuaciones estructurales, tendrá para siempre un lugar en nuestros corazones.

La ética es, ahora como hace 2.500 años, la yema del huevo filosofal. Aquí sí tendrá que hilar muy delgado y redactar una especie de religión laica donde quepan el sacerdote, el rabí, el bramán y el almuecín, y un código que establezca de una vez por todas cuántas toneladas de bombas puede arrojar una potencia sobre pueblos sucios, gobernados por sátrapas corruptos, y cuántas torres pueden tumbar en represalia esos harapientos.

La ecología sólo precisa un decálogo elemental: no tiznarás el aire, no enturbiarás las aguas…

Un sistema filosófico basado en este heptágono (física, geometría, lógica, economía, ética, semiótica y ecología) nos brindará una suerte de constitución universal para zanjar nuestras disputas y una cosmogonía que nos ayude a releer el mundo.

Como están las cosas, un corpus de estas características tendrá apenas unos cincuenta años de vigencia (ya nada dura mucho), pero supongo que estará de acuerdo en que es un lapso suficiente para que usted se harte de ver su nombre en las enciclopedias, su foto en las revistas y su busto en los hologramas que reemplazarán a los bronces en los parques del futuro.

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