Héctor Abad Faciolince 19 Sep 2009 - 4:15 am

Lo bueno de lo malo

Héctor Abad Faciolince

AQUELLO QUE NOS SALVA DEL SUICIdio, lo que puede curar la desesperación, es algo que se puede definir —según los gustos— como cinismo o como conformismo optimista.

Por: Héctor Abad Faciolince
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Yo, por ejemplo, estoy en desacuerdo con que haya bases militares de otros países en Colombia (o, lo que es muy parecido, que otros países usen nuestras bases). Pero cuando las ponen o las imponen y veo que de nada sirve la palabra y que tampoco estoy dispuesto a inmolarme en un martirio místico por oponerme a ellas como un bonzo o un kamikaze, entonces busco algo que me reconforte.

Lo que en este caso me consuela es esto: por bárbaros que hayan sido los gringos en su política exterior, su ejército es mucho más democrático que el nuestro. Abu Graib, al lado de San José de Apartadó o Mapiripán, fue casi una caricia. Así que al Ejército colombiano no le puede sino convenir la cercanía de militares un poco menos bárbaros. De hecho, fuera del Polo, los colombianos más descontentos con las bases gringas son, precisamente, los militares, que se encuentran con un tutor vigilando de cerca sus pasos.

Esta paradoja, en lengua popular, se expresa con un refrán (“no hay mal que por bien no venga”), que en realidad es un refrán bastante estúpido, pues no puedo imaginarme qué bien puede venir, por ejemplo, del mal de que un maniático torture, viole y mate a una niña de siete años. El que en un caso así diga que “no hay mal que por bien no venga” merece ser tenido por un tonto.

Cuando Colombia es horrible, me consuelo pensando en que en un país como el nuestro aburrirse es imposible, que nuestras historias cotidianas son terribles, pero muy difíciles de no seguir con mucha atención, e incluso que la cercanía de la muerte le da a la vida aquí un valor especial, es decir, que vivir en tiempos de la peste hace que cada minuto sea vivido con más intensidad, porque podría ser el último.

Otro consuelo: para no volverme un amargado que se pasa la vida refunfuñando, berreando e insultando, llevo días tratando de encontrarle algo bueno a la inminente dictadura de Uribe. La democracia es, si uno estudia la historia de la mayoría de los países, la menos imperfecta de las formas políticas que ha inventado hasta hoy la cultura. Es verdad que hay países muy infelices que son democracias relativas (como Haití o la misma Colombia), pero así como hay democracias que funcionan mal, no hay países que funcionen bien que no sean —al menos hoy en día— democracias de estilo liberal. Los infiernos existentes son, prevalentemente, regímenes autoritarios.

Pero bueno, ya que la mayoría de los colombianos considera que es mejor tener un dictador vitalicio que una democracia, entonces me obligo a buscarle ventajas al caudillismo de nuestro nuevo Patriarca. Se me ocurre que los líderes fuertes consiguen cierto orden. El precio de este orden es demasiado alto, pero de lo malo que hay con esta dictadura inminente, creo que cierto orden puede ser una ventaja. Este orden, entiéndase bien, ni siquiera es una cosa que el caudillo consiga por sus buenos oficios: es algo que, como los seres humanos somos gregarios y sumisos, lo consigue un macho alfa de la manada sin mover un dedo, como efecto automático e indirecto de que la manada lo crea una fiera. Que lo sea o no, no importa, lo que importa es que así lo perciban. Bajo las dictaduras el hampón medio se porta menos mal: mata menos, teme robar, es más obediente. Siempre oí que los extremistas de derecha le admiraban a Fidel el orden de la isla; siempre oí que le elogiaban su paredón con ladrones, narcotraficantes y disidentes políticos. A mí esto me parece repugnante, pero que produzca cierto orden, no me cabe duda. En fin, espero me perdonen por verle algo bueno al inminente dictador. Para vivir es necesario buscarle algún consuelo a nuestra sórdida situación.

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