Opinión |19 Sep 2009 - 4:26 am

Armando Montenegro

Igual, pero al revés

Por: Armando Montenegro

HERÁCLITO DECÍA QUE “EL CAMINO hacia arriba y hacia abajo es uno y el mismo”. El subir y el bajar, actividades opuestas que definen el mismo fenómeno, se necesitan mutuamente para definir su propio significado.

El filósofo griego no hubiera podido imaginar que, muchos siglos después, un rasgo fundamental de la política exterior de Colombia y Venezuela, vecinos enfrentados, como el camino, es uno y el mismo.

Miguel Ángel Bastenier decía en El País el miércoles pasado: “El gran triunfo de Hugo Chávez es Álvaro Uribe, presidente de Colombia, que es quien define a favor de Caracas el terreno de juego con su reciente ocurrencia de alquilar, ceder o habilitar siete bases a Estados Unidos (….) ¿Qué derecho tiene Occidente de criticar a Caracas por su acercamiento a Moscú, que no entraña implantación extranjera, si Bogotá practica el pensamiento único de complacer por encima de todo a la superpotencia?”.

Acertaría quien escriba el párrafo anterior, cambiando a “Chávez” por “Uribe”, “bases americanas” por “armas rusas”: “El gran triunfo de Álvaro Uribe es Hugo Chávez, presidente de Venezuela, que es quien define a favor de Bogotá el terreno de juego con su reciente ocurrencia de comprar armas a Rusia. ¿Qué derecho tiene Caracas de criticar a Bogotá por su acercamiento a Washington, si Caracas practica el pensamiento único de desafiar al imperio norteamericano?”.

Por el arte de la oposición y de la simetría, las bases americanas y las armas rusas quedaron justificadas ante los respectivos seguidores y aliados de Chávez y de Uribe. Este es el secreto de las acciones de los dos caudillos vecinos que recorren, en bajada y en subida, por la derecha y por la izquierda, el mismo camino del poder.

Chávez necesita a Uribe para definirse a sí mismo, para mantener el apoyo de quienes creen que él es indispensable para protegerlos del “enemigo”: los gringos, Uribe, la oligarquía. Y Uribe necesita a Chávez para justificar su cruzada por la seguridad, para convocar el respaldo de quienes piensan que él es imprescindible para protegerlos de las Farc, Chávez y los narcoterroristas. Sin el infiel no existe el cruzado. El cruzado es el infiel del infiel; y el infiel es el cruzado del cruzado.

Ambos basan su forma de hacer política en la polarización, en la precisa y excluyente definición del amigo y del enemigo. Necesitan imperiosamente que el “otro” exista más allá de la frontera.

Las bruscas diferencias personales e ideológicas no hacen más que facilitar el trabajo de estos dos políticos en sus respectivos países, cuyas mayorías piensan y sienten, gracias a ellos, de manera opuesta. Uno es colombiano, el otro, venezolano; uno abogado, el otro militar; uno blanco, el otro mestizo; uno pequeño, el otro voluminoso; uno de derecha, el otro de izquierda; proamericano el uno, adorador de Fidel el otro; Uribe enemigo jurado de las Farc, Chávez amigo de la guerrilla colombiana.

De la mano de sus caudillos, ambos países parecen presos de una polarización creciente que sigue periódicos ciclos de crisis, seguidos de breves acercamientos. En los años pasados, después de los episodios de crispación vino la distensión; después de los gritos y las amenazas, los caudillos, sonrientes, se abrazaron y se prometieron amistad, sólo para comenzar, de nuevo, otro enfrentamiento. Un camino peligroso y costoso para Colombia y Venezuela.

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