Opinión |20 Sep 2009 - 6:12 pm

María Elvira Bonilla

Barbarie criolla

Por: María Elvira Bonilla

LA DESVERGÜENZA Y EL CINISMO con el que Alias Don Mario se declaró perseguido e inocente en una llamada que le hizo a la W, desde la cárcel de Cómbita el viernes pasado, nos recuerda al Salvatore Mancuso y el Jorge 40 de los tiempos de Ralito, cuando infatuados, soberbios e intocables, no permitían que se les hablara de narcotráfico y mucho menos de víctimas.

Actúan con la psicopatía propia de los grandes criminales que se conmueven con el gesto amistoso de un perro o con una ardilla jugueteando en un árbol, como dicen que le ocurría con Vicente Castaño, a quien le decían El Profe, el capo di capi, que posaba de ecologista, aunque hubiera descuajado centenares de hectáreas en el Paramillo para sembrar coca, mientras planean fríamente masacres como las de El Salado o Macayepo. Mancuso y Jorge 40, cabezas del bloque norte, tienen a su haber 43 masacres sólo en una región, los Montes de María, ocurridas en sólo dos años —entre 1999 y 2001— y ni siquiera las mencionan en sus declaraciones.

El informe sobre la masacre de El Salado, que acaba de ser publicado, narra el baño de sangre en medio del cual los pobladores de ese pequeño poblado recibieron el nuevo milenio. Sus autores, el Grupo de Memoria Histórica, reconstruyen los cinco días infernales, sin que autoridad alguna se presentara, con base en los testimonios de los sobrevivientes porque los paramilitares, incluso los que participaron directamente, sometidos a la Ley de Justicia y Paz, empezando por alias Juancho Dique, se limitan a aceptar, con la cobardía y el cálculo que los caracteriza, una mínima responsabilidad. Tienen borrado de sus mentes el recuerdo de quienes los vieron Cantar después de matar… se les veía el placer de matar... un peladito decía, ‘pero yo no he matado, déjenme matar a alguien’. El recuerdo de su pretensión de hacer de la masacre un carnaval de muerte con el sonido de las tamboras y las gaitas como telón de fondo y la champeta a todo volumen en los equipos de sonido en medio de una gran borrachera mientras las gentes, estranguladas, garroteadas, acuchilladas, vulnerados y degradados, agonizaban, entre gemidos de dolor, en la plaza central, corazón del pequeño poblado.

Todo esto y mucho más aparece en el Informe titulado Esa guerra no era nuestra. Y a los criminales, incluidos los extraditados que participaron en estas historias macabras, pues El Salado es sólo un caso, se les debe juzgar en tribunales especiales, como se hizo con los nazis. La nueva justicia transicional que está en el espíritu de la Ley de Justicia y Paz no puede aplicárseles a delincuentes enloquecidos que demostraron su condición infrahumana, capaces de darles rienda suelta a las tendencias más salvajes y crueles que subyacen en la naturaleza humana, con el propósito de infligir el máximo sufrimiento a seres indefensos.

Resulta inaceptable que un Jorge 40 pretenda, en un oficio de cinco líneas, renunciar a los requerimientos judiciales en Colombia, cuando son sustantivamente mayores sus delitos de genocidio frente a los kilos de cocaína que exportaron a Estados Unidos. Grave error fue extraditarlos. Su deuda no es sólo material con las víctimas, sino moral con la sociedad por la página de infamia y degradación humana que dejaron escrita y que el país no puede borrar así no más.

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