Por: Jaime Arocha

Patria y genes

A SERGIO ESTEBAN VÉLEZ LE MOlestó que yo catalogara como “perla racista” su columna “Uribe con don de mando en los genes”. Aspiro a que la aclaración que ofrezco sea útil.

Desde los inicios del siglo XX, la genética mendeliana le dio a quienes se han reconocido a sí mismos como “racistas científicos” la prueba reina de la superioridad racial de los llamados arios. Para esa escuela la raza no es una construcción social, sino una realidad empírica que valida políticas públicas con respecto a la formación de parejas o a la eliminación de quienes ellos definen como inferiores. De ahí que Charles Davenport, genetista de la Universidad de Harvard, convenciera al gobierno de los Estados Unidos para que creara la Oficina de Registros Eugenésicos. Davenport hizo pública su admiración por la eugenesia del nacional-socialismo alemán, a cuyas cámaras de gas ingresaban judíos y gitanos, a quienes los científicos del régimen despreciaban por no ser de “pura sangre”.

En 1927, la militancia de Davenport llevó a que el gobierno de su país convocara a los de América Latina para que adoptaran el Código Panamericano de Eugenesia y Homicultura y así optimizar la propagación de la raza blanca. No obstante el que los delegados mexicanos y peruanos se opusieran a la medida, en Colombia sí hubo quienes validaron ese paradigma, como Luis López de Mesa, quien le atribuyó el fracaso de la nación colombiana a la degeneración de sus razas; Laureano Gómez, quien incentivó la inmigración europea para superar las taras que para él aportaban indios y negros, o el médico Jorge Vasco, quien experimentó con electrochoques y curare para superar fallas genéticas.

En su libro La falsa medida del hombre, el genetista Stephen Jay Gould documentó los fraudes de los deterministas raciales, como los craneólogos de los siglos XIX y XX. En sus estudios sobre la relación entre capacidad cerebral e inteligencia, usaban perdigones diminutos a la hora de medir cuántos centímetros cúbicos tenían los cráneos europeos, pero rellenaban de perdigones enormes las calaveras de otras razas.

Vélez me escribe reivindicando ser la persona “menos racista del mundo” porque tiene amigos negros y en su artículo demostró que la entrega del presidente Uribe a la defensa de la patria también depende del legado genético de “[…] los grandes emperadores de los incas […]”. A mí no me incumben los amigos de Vélez, sino que reitere su adhesión a un pensamiento para el cual los genes, sean indios o europeos, determinan cualidades mentales.

La adopción del símbolo llevó a tal enriquecimiento de la cultura, que su evolución sobrepasó la de la genética. Dentro de ese proceso, una ganancia difícil ha consistido en el respeto por la diversidad, el cual desde 2002 en Colombia es cada vez más precario, como lo demuestra el informe que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos entregó este año. Insiste en que programas como el de biocombustibles no deben ser a costa del destierro violento de indígenas y afrocolombianos. Entonces, si Vélez aspira a que lo perciban como gran humanista, tendrá que rectificar qué es defender la patria y el papel que le atribuye a los genes en esa tarea.

*Grupo de Estudios AfrocolombianosUniversidad Nacional

Buscar columnista

Últimas Columnas de Jaime Arocha