Opinión |22 Sep 2009 - 10:22 pm

Fernando Carrillo Flórez

Del ejemplo que no caduca

Por: Fernando Carrillo Flórez

LA ACTUACIÓN CONTUNDENTE Y oportuna de nuestra embajadora ante el Consejo Directivo de la Unesco evitó que las balas del 17 de diciembre de 1986 resonaran de nuevo eliminando el nombre de Guillermo Cano del Premio Mundial de Libertad de Prensa.

Porque así lo intentó algún funcionario anestesiado en la negligencia burocrática, quien pensó que ese testimonio de lucha contra el narcotráfico tenía fecha de vencimiento y podía adoptar por resolución un símbolo menos truculento que un periodista asesinado por unos sicarios de la mafia en un país del tercer mundo.

La historia es tan insólita como que a alguien se le ocurrió que, con el ánimo de encontrar nuevas fuentes de apoyo a uno de los premios de la Unesco, había que suprimir el nombre de Guillermo Cano del Premio Mundial de Libertad de Prensa. Se les olvidó que cuando se instituyó el premio en 1997, Federico Mayor —entonces Director General de la entidad— afirmaba que “la libertad de expresión no es un derecho pasivo ni abstracto”, sino que debía ser ejercido activamente y que nada mejor que la vida de Guillermo Cano para ejemplificar ese ideal. Un patrón de conducta para las nuevas generaciones no sujeto a términos ni a prescripciones de oportunidad.

Por ello, el reglamento del premio instituyó que se trataba de distinguir a una persona o institución que “haya contribuido de forma notoria a la defensa y/o promoción de la libertad de prensa en cualquier lugar del mundo, sobre todo cuando para ello haya corrido riesgos”. Se trataba de honrar en este caso el poder inerme de la pluma que Guillermo Cano ejerció desde El Espectador como única arma contra la barbarie del narcotráfico, finalmente hoy reconocido como mal global.

Alguien decía que la política debería ser el arte de ejemplificar. Para ir más lejos, ello debería implicar la responsabilidad de todo aquel que se mueve en el espacio público y su comportamiento se convierte en referente para muchos. Un modelo de ejemplaridad pública por la posición que se ocupa dentro de la sociedad en un momento especifico, como fueron esos finales de los ochenta, con una cuota de sangre sobre la que todavía hay muy poca conciencia internacional. En esencia porque ese tipo de ejemplos despliegan un impacto moral mayor sobre la sociedad y los ciudadanos.

Hemos llegado en la historia de Colombia al punto que nos toca elevar a la categoría de héroes a personajes públicos que cumplen con su deber, quizá porque la norma general de conducta de otros, bajo las mismas circunstancias, ha sido la vía cómoda de mirar para otro lado. Los comportamientos de aquellos que van un poco más allá se erigen en paradigmas morales —como Galán, Lara, Cano, entre otros— que terminan siendo la guía para las sociedades en momentos de crisis, frente a los valores a defender cuando la ética se vuelve moneda de cambio.

Tal vez porque este tipo de ejemplos escasean en la vida pública global, hay que agradecerle a la embajadora Sarmiento que haya frenado una tentativa de borrar un capítulo doloroso de nuestra historia y de consumar un doble atropello contra la libertad de prensa y contra la dignidad de un país, cuya soledad en la lucha contra el crimen organizado que aceita el narcotráfico estuvo a punto de ser ratificada.

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