Opinión| 23 Sep 2009 - 8:55 pm
Escarbando
Por: María Teresa Herrán
Silvia Galvis era excelente periodista, investigadora y escritora. Pero además, su inmensa sensibilidad se reflejaba en la capacidad de percibir almas. O mejor (puesto que ella había guardado un pésimo recuerdo de las monjas que la criaron), de meterse “desde adentro”, como Flaubert, en las realidades sociales de sus contemporáneos.
Su paciente afición por la búsqueda la llevaba a instalarse días enteros en los archivos y, como en el caso de Soledad Román, a recorrer las calles y los tafetán para impregnarse del ambiente de la época, produciendo un libro monumental y demoledor, en el minucioso lenguaje decimonónico, que los supuestos intelectuales cartageneros y bogotanos ignoraron para no afrontarlo. Pero algo similar pasó en su natal Santander y en su descripción de una Colombia troglodita que tanto nos ha estancado.
Su inmensa timidez le hacía expresar por escrito, con una fuerza asombrosa y convincente, toda esa rebeldía contra las sociedades pacatas, ese sabor amargo de las mujeres de costureros, precursoras de las light de hoy, encerradas en sus conjuntos asépticos, castradoras de sus congéneres. Ella, que tanto combatió el machismo, tuvo que padecerlo y superarlo, como también padeció las distorsiones del fanatismo político y, en los ochenta, empuñó la bandera de la independencia periodística en el para ella a veces asfixiante periódico Vanguardia Liberal.
Si bien circunstancias que no es del caso explicar hoy nos distanciaron, estos cortos momentos de plenitud se agolpan en la mente “con la velocidad del afecto” para utilizar una expresión suya en los correos electrónicos a que su trasegar obligaba.
“Ya nos va tocando de primeras en la fila” —me decía con ese sutil humor propio—. Y la dulce Silvia Galvis se fue, como ella lo presentía con el realismo de su capacidad analítica y la conciencia de esa fragilidad, de ese cansancio crónico de un cuerpo que llevaba a cuestas.
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María Teresa Herrán
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