Opinión| 25 Sep 2009 - 10:47 pm
El último brujo
Por: Julio César Londoño
Newton nació tres meses después de la muerte de su padre. A los tres años la madre se volvió a casar, se fue a vivir a otra población y dejó a Isaac al cuidado de su abuelo. Esta separación fue traumática para el niño y lo marcó para siempre. En la lista de sus “pecados” aparece el deseo de quemar la casa con su madre y su padrastro adentro. Toda su vida tuvo complejos de inferioridad y temor a perder objetos. Tal vez esto explique su incapacidad de amar (su biografía no registra un solo romance, ni siquiera un muchacho), la búsqueda de un refugio seguro y exacto (la matemática) y su único vicio, la usura. Como llevaba una vida tan austera, siempre le sobraba dinero y desde la universidad empezó a prestar plata a interés.
Además de los obligatorios griego y latín, Newton era un teólogo profundo que dominaba el hebreo para estudiar Las Escrituras en su lengua original, asunto que ningún erudito podía descuidar.
También se interesó en la cronología y dejó uno de los cuatro sistemas en que aún hoy se apoyan los historiadores a la hora de fechar los sucesos antiguos. (Los otros tres son los de Scalígero, Petavio y Marsham. La cronología se establecía compulsando las versiones históricas con sucesos astronómicos, poemas antiguos, libros sagrados y tradiciones orales).
Pero todo este arsenal de lenguas, matemáticas, filosofía natural, historia, teología y literatura eran sólo prerrequisitos para el estudio de una materia que le interesaba más, la alquimia. Como Melquiades, Paracelso, León Cordero y tantos otros, Newton quería hacer oro con fierros viejos. Para ello cogió muchos gramos de oro… y los volvió chatarra.
Claro, no era un vulgar guaquero. La transmutación del plomo era parte de un proyecto más ambicioso: descubrir las razones últimas, el principio hilárquico del Todo. Newton quería urdir una cosmovisión del mundo, no una mera mecánica del sistema solar. Consideraba el universo como un criptograma urdido por Dios… ¡y él era el hombre señalado para resolverlo! Todo así lo indicaba. ¿No había nacido el día de Navidad? ¿No era sabido por todos que los hijos póstumos venían dotados de poderes extraordinarios? ¿No había sobrevivido a la peste? ¿No era la Naturaleza para él un libro abierto?
Cuando Robert Hooke o Gottfried Leibniz llegaban al tiempo que él a los mismos descubrimientos, estallaba en cólera. ¡Los arcanos del mundo eran de su propiedad personal! Sabía, como subrayó en un libro, que “Dios se revela a un solo profeta en cada generación y que, por lo tanto, los descubrimientos paralelos son improbables”.
Con estas certidumbres en su corazón se consagró a buscar, a la luz de la tradición hermética, las fuerzas secretas que gobernaban el cosmos. Pero consciente de que el mundo estaba cambiando y adoraba una nueva divinidad, la razón, decidió presentar sus resultados con los argumentos de la física y el lenguaje de la matemática. Y fue la luz. Sólo pequeños ajustes han introducido los siglos en sus teorías de óptica, estática, dinámica y gravitación, y el pensamiento científico sigue siendo, en buena parte, newtoniano.
Murió el 20 de marzo de 1727, víctima de una afección renal. Tenía 84 años. Al funeral, realizado dos semanas después, acudieron las principales figuras de la ciencia y la política europeas. El cuerpo fue sepultado en la nave derecha de la Abadía de Westminster. Estaba embalsamado con maestría y alguien le había puesto una pequeña pirámide de diamante sobre el pecho.
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Julio César Londoño
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