Opinión |26 Sep 2009 - 3:27 am
Así no le guste
Por: Miguel Gómez Martínez
ASÍ NO LE GUSTE A LA SEÑORA FLOrence Thomas, las cifras demuestran que no tiene razón.
Hace algunos meses escribí en El Espectador una columna en la que, apoyado en registros de la Secretaría de Salud de Bogotá, demostraba que el aborto era una salida para quienes han sido irresponsables con su sexualidad. ¡Quién dijo miedo! La suma pontífice de los abortistas me dedicó una agresiva columna en otro diario de la capital para ratificar el derecho de las mujeres al aborto como símbolo de progreso de la sociedad.
Una cosa es el dogmatismo de los abortistas; otra muy distinta son las estadísticas. Los resultados de un estudio realizado por Bayer, MTV y MySpace en una población de 5.000 jóvenes de Argentina, Colombia y México ratifican una vez más lo que he sostenido. Dos de cada tres jóvenes encuestados no utiliza ningún sistema de protección para evitar la procreación y protegerse frente a posibles enfermedades. De los tres países, Colombia es el que tiene el peor índice, pues 76% de los jóvenes encuestados confiesan que han tenido relaciones sin utilizar ningún método anticonceptivo. En otro artículo publicado por la revista Semana, el médico especialista en el tema, Germán Salazar, señala que las cifras de embarazo de las adolescentes en Colombia son las más altas de Suramérica. Más grave aún, afirma el experto que “el 60% de hijas de madres adolescentes tienen el riesgo de convertirse en madres adolescentes…”.
Una cosa es concebir la sexualidad como una prolongación del instinto animal, otra bien distinta es entender que la sexualidad es algo que exige, primero que el placer, la responsabilidad. Así no le guste a la señora Thomas y a los colectivos de abortistas, la interrupción del embarazo es el camino para quien piensa que su cuerpo y el de su pareja no merecen respeto ni cuidado. Así no les guste a los que pregonan la promiscuidad sexual como símbolo de “madurez social”, la educación sexual en los colegios es un gigantesco fracaso. En lugar de educar en la responsabilidad hemos estimulado un comportamiento sexual que convierte a los jóvenes en las principales víctimas. Cientos de miles de mujeres adolescentes han visto sus vidas y sueños destruidos por la ligereza con la que este tema ha sido manejado desde hace décadas.
El feminismo radical argumentará que precisamente por eso tenemos que popularizar el aborto y “corregir”, por este camino, los errores que comenten los jóvenes. El aborto no puede ser un método de prevención del embarazo. Lo que hay que hacer es modificar, mediante una educación con valores y respeto, el comportamiento de los jóvenes. La sexualidad es algo muy serio como para convertirlo en un proceso puramente biológico guiado por los instintos y que se explica con unas láminas del cuerpo humano en un salón de clase. Esa aproximación convierte la sexualidad en un hecho banal que naturalmente lleva a los embarazos no deseados. La educación está precisamente para que el hombre y la mujer antepongan la razón al instinto. Para que la sexualidad nos convierta en seres más profundos y comprometidos. Lo contrario es asimilarnos a los conejos.
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