Opinión |27 Sep 2009 - 7:06 pm
El tiro por la culata
Por: María Elvira Bonilla
HACE ALGUNOS AÑOS ESCUCHÉ A Florence Thomas, una de las decanas de la lucha por la liberación femenina en Colombia, decir que la más importante revolución que se había dado en la historia de la humanidad, era la de las mujeres con sus avances en equidad y derechos. Silenciosa y pacífica, sin disparar un tiro.
Han pasado 40 años desde que ésta se inició y década tras década se gana terreno en libertades y derechos formales, legislación, obligaciones del Estado y compromisos laborales. Sin embargo, las mujeres cada día están más tristes.
Y no lo digo yo. No se trata de una apreciación subjetiva. Es la conclusión que arroja la encuesta sobre comportamiento social que se hace anualmente en los Estados Unidos, con la que le sigue el paso al estado de ánimo de los norteamericanos desde 1972. Un resultado que coincide con el de cinco investigaciones más realizadas en distintos países desarrollados: las mujeres cada vez más melancólicas, mientras los hombres cada día más contentos. Un estado de ánimo que se acentúa con el paso de los años, con arranque juvenil grato que se va marchitando con el tiempo, mientras ellos están envejeciendo mejor. La reflexión se ha generalizado porque la realidad se ha vuelto una constante sin consideraciones del orden racial, ni el estado marital, ni del dinero que se maneje, ni si se tienen o no hijos, ni la nacionalidad o el país en el que se viva.
Las mujeres alrededor del mundo se están sintiendo mal. Lo reitera también el best seller Marcus Buckingham, investigador durante años de la multinacional Gallup. Cuando las mujeres resolvieron entrar al dominio que por siglos había pertenecido a los hombres, se echaron varios fardos encima, responsabilidades, exigencias y mucho estrés. A ese universo femenino centrado en verse bien, la familia, desarrollar destrezas personales, el jardín, la cocina, las fiestas, se le sumaron obligaciones en el trabajo, donde hay que presentarse como una Barbie, en la oficina, en los negocios sin quedar eximidas de todas las anteriores. El resultado: doble rol, el de la calle y el de la casa. Regresan a seguir trabajando en el inaplazable frente doméstico. Sin tiempo para ellas, con un vacío que crece como la infelicidad.
La realidad masculina es bien distinta y de allí su satisfacción. Sin duda se liberaron del peso ancestral de tener que responder como proveedores universales, ganando en calidad de vida y recuperando un tiempo precioso que les permite disfrutar de la cocina como el nuevo hobbie —chic y elegante—, del supermercado —el paraíso de los antojos— y la interacción social y los niños, un motivo de entretención de algunas horas, eso sí, sin medírsele a nada de lo jarto. Viudos y separados despliegan encanto y consiguen pareja joven con increíble facilidad y rapidez.
¿A quién les ha servido más esta revolución, a los hombres o a las mujeres? La creciente tristeza femenina habla por sí sola. Por cada dos mujeres que consumen antidepresivos y deben acudir al psiquiatra sólo un hombre lo hace. Signos que indican que con la llamada liberación femenina nos puede haber salido el tiro por la culata. Una revolución que pretendía ser liberadora parece estar volviéndose agotadora. Y lo peor: irreversible. Una verdadera paradoja que nadie imaginó.
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