Opinión |30 Sep 2009 - 11:33 pm
Cualquier coincidencia es casualidad
Por: Ana Milena Muñoz de Gaviria
LEÍA HACE UNOS DÍAS LA HISTORIA de un presidente que llegó al poder como un simple ciudadano; se trataba de un profesor universitario que quería cambiar las costumbres políticas con un discurso sencillo, soñador y esperanzador y así triunfó en las elecciones, aunque carecía de partido y de mayorías para gobernar.
Ya como presidente aprendió rápidamente el manejo político, lo que le permitió desbaratar el sistema tradicional de partidos: creó sus propios partidos, disolvió el Congreso, y en la siguiente elección triunfaron sus partidarios. Igualmente luchó contra el narcotráfico y los cultivos ilícitos disminuyeron; la política de interdicción y el apoyo de Estados Unidos fueron fundamentales, por lo que era considerado por este país como su aliado. Acabó con la guerrilla y metió presos a sus líderes. El país progresó en lo económico, por lo que los empresarios estaban felices. En cuanto a los menos favorecidos, los visitaba y les resolvía en forma individual los problemas, aunque igualmente les llevaba ayudas previamente concertadas como máquinas de coser, balones de fútbol y se hacían, por supuesto, algunas obras.
Rápidamente quiso entonces quedarse; para continuar con su mandato se cambió la Constitución, lo que le permitió ser reelegido para un segundo período. Se esperaba mucha prosperidad, la economía funcionaba e igualmente había inversión social. Su sagacidad llevó a que todas las ramas del poder estuvieran en manos de sus allegados. Casi todas las cosas eran perfectas, aunque la realidad era otra, pues las ansias de poder y el querer perpetuarse lo llevaron a tener que desarrollar actividades al margen de la ley; su poder se mantenía en manos de un asesor de seguridad e inteligencia que hacía el trabajo menos honorable y menos legal y de él se dice que amenazaba, torturaba, interceptaba las comunicaciones chuzando sus teléfonos y, en resumen, vulneraba los Derechos Humanos de sus opositores. Sobornaba congresistas para que se pasaran a su grupo parlamentario y votaran las leyes y compraba la línea editorial de algunos medios de comunicación, incluyendo la compra de un canal de noticias. ¿Autoritarismo? ¿Dictadura?
El poder político se transformó entonces en poder económico, lo que le permitió enriquecerse y como sus hijos eran pequeños y no podían hacer negocios, el tema no tocó inicialmente a su familia, aunque más tarde su hija heredó su caudal político. No pudo quedarse en el poder para un tercer período y tan pronto salió del gobierno debió asilarse en el país de sus ancestros, pues sus abusos fueron conocidos y le cayó después de unos años el peso de la ley.
Hoy este hombre tiene dos condenas por abusos de poder, chuzadas, sobornos a congresistas, apropiación de dineros públicos y violación de Derechos Humanos. La justicia se hizo sobre un ex presidente por delitos cometidos durante su mandato. Ello debería ser al menos un serio aviso para los autoritaristas de diverso corte todavía vigentes en Latinoamérica. Cualquier coincidencia con nuestra realidad se la dejo a los lectores, pues este hombre al que me he referido para la tranquilidad de todos es Fujimori.
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