Opinión |9 Oct 2009 - 11:20 pm
Un becerro de oro y silicio
Por: Julio César Londoño
HACE MUCHOS AÑOS LEÍ EN HORIzonte, la estupenda revista de brujería de Plaza & Janés que dirigían Louis Pauwels y Jaques Bergier, un cuento firmado por Arthur Clarke, el autor de la Odisea del espacio 2001 y de la idea de poner satélites artificiales en la órbita de la Tierra para reflectar las ondas de radio.
Ahora vuelvo a encontrar el mismo argumento de Clark en una de las piezas que conforman El libro de la imaginación, la feliz selección de minicuentos que hizo para el Fondo de Cultura Económica Edmundo Valadez. El cuento se titula “La respuesta” y está firmado por Fredric Brown en persona, quizá el más ingenioso, junto con Philip K. Dick (Minority report), de todos los autores de ciencia-ficción. Ignoro quién robó a quién, y quizá no sea importante. “La literatura es una labor colectiva de la especie”, explicó alguna vez Borges con olímpica flema.
Como ambas versiones tienen muy buenos elementos, decidí sumarlas y presentar aquí el total.
El día había llegado. Luego de años de trabajo de un equipo internacional de ingenieros, Meme era una realidad. Central nerviosa de los servidores que controlaban los servicios públicos del mundo, Meme era el cerebro del planeta. En su memoria estaban las fichas profesionales, físicas y psicológicas de cada persona, así como estadísticas minuciosas de la economía, la industria, la agricultura, la sociología, la salud y la educación de cada país, y sus proyecciones futuras.
Podía, mediante una subrutina escalar, detectar infracciones fiscales, viales, ecológicas, cívicas o penales, y encontrar en segundos al responsable.
Podía responder preguntas sobre el curso de la psicología de la inteligencia artificial en el próximo milenio, o especular acerca de las hipotéticas teologías de otros mundos, o dar un bosquejo muy aproximado de la figura que trazarían los pasos del señor N el domingo en la tarde. No había secretos para Meme. Conocía los caprichos del gravitón, la localización exacta de la conciencia y los meandros de la creatividad. La historia, la sociología, el azar, la teoría del caos y hasta la economía habían sido descifrados ya por los académicos y traducidos, finalmente, a los juiciosos algoritmos que Meme manejaba con una destreza tan ostentosa que resultaba imposible no pensar que se estaba frente a una criatura asaz vanidosa.
Ya ninguna mariposa batía sus alas en Malasia para perturbar el clima de México una semana después. O mejor dicho, las batían, pero todo estaba fríamente previsto por la Teoría del Todo. Meme podía hacer cualquier cosa, incluso equivocarse, porque los técnicos quisieron hacerla lo más humana posible, y porque el error, hasta los ingenieros lo saben, es el padre de la ciencia.
Meme había sido sometida a muchas pruebas, pero apenas hoy iba a ser puesta oficialmente en servicio. En adelante, Ella trazaría la línea gruesa de los programas de planeación del mundo, dirimiría los conflictos internacionales y se encargaría de controlar el funcionamiento de los hospitales, las centrales de energía, el flujo del transporte en las vías, el de la información en las ‘autopistas’ y el de los valores en las redes bancarias.
Viéndola allí, en el centro del Salón Oval, los periodistas no podían creer que ese pequeño paralelepípedo azul encerrara tanto poder.
El Presidente se acercó y formuló en voz alta la pregunta inaugural:
“¿Existe Dios?”.
La frase atravesó como un rayo los chips de oro y silicio y estalló en el cerebro de Meme. Al principio no se oyó nada. Luego brotaron unos sonidos oscuros, como fonemas de bestia sagrada, y por último, después de una reflexión inusualmente larga (12 segundos) Meme respondió: “Sí, ahora Dios existe”.
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