Opinión| 10 Oct 2009 - 2:15 am

Miguel Gómez Martínez

“Buseteros” de internet

Por: Miguel Gómez Martínez
DURANTE LOS PRIMEROS CINCO SIglos del periodismo, los lectores tenían muy limitadas posibilidades de interactuar con los medios de comunicación. Luego vino la revolución de internet y abrió un espacio maravilloso para opinar sobre la actualidad y las columnas de opinión.

Gracias a la tecnología, los lectores de los periódicos pueden enriquecer los debates y contribuir a formar opinión. Como columnista, creí que este espacio sería un lugar donde, con tolerancia y respeto, se expondrían opiniones favorables y desfavorables a mis escritos.

Para ser muy honesto, es una gran decepción. Rara vez leo algo fundamentado para respaldar o rebatir lo que escribí. Recibo, eso sí, muchos insultos, groserías y descalificaciones simplistas. Por ejemplo, si escribo sobre el pobre nivel del fútbol colombiano me tildan de uribista, si escribo sobre la revalidación de las licencias de conducción en Bogotá me tildan de uribista, si escribo contra Uribe me tildan de uribista. De hecho hay un querido lector que cree que además me parezco físicamente a Uribe, lo que me convierte en un ser despreciable. Un grupo importante me desprecia por ser antioqueño, algo que no soy pues nací y me crié en Bogotá, de padre y abuelo bogotanos. Piensan que soy pariente de los Gómez Martínez de El Colombiano (ya quisiera yo tener ese grupo de prensa a mi disposición). Otros me insultan por mi abuelo, que murió hace 44 años, cuando yo tenía cuatro años. Otros me insultan por mi tío, otros por mi papá. Quisiera contarles que quien escribe los artículos soy YO y no mi abuelo (q.e.p.d.), mi tío (q.e.p.d.) o mi padre, que no es responsable de lo que su hijo, bien mayor de edad, piense y escriba. De paso, para los que se meten con mi madre, ella tampoco tiene la culpa de nada.

Otros dirán que mis artículos son malos y por eso merezco ser insultado. La verdad, si son tan malos lo mejor sería no leerlos para no tener que escribir todas esas groserías. Yo no gastaría un segundo de lo que me queda de vida para llenar de improperios una pantalla como comentario a un artículo malo. Simplemente no lo leería, saldría a caminar, me comería un helado o iría a cine. Pero en fin para eso también es la libertad: para insultar. Debo confesar que la violencia verbal de los comentarios me confirma que los niveles de intolerancia son muy altos. Hay intolerantes en la guerrilla, en el Gobierno, en los medios de comunicación, en el Congreso, en los estadios, en las Cortes, en las universidades, en los colegios, y hay muchos intolerantes comentando los artículos en los medios escritos. Lástima que usemos este fantástico medio para comportarnos, con el perdón de los galantes conductores de bus, como “buseteros de internet”. Creemos que tenemos siempre la vía y que los demás tienen que plegarse a nuestras opiniones. Y si no les gusta como pensamos pues entonces les recordamos la familia, pues eso confirma que tenemos la razón.

 Como no tenía tema para mi columna, decidí dedicársela a quienes también están mal de plan y deciden que es un gran programa insultar, desde el anonimato, a quienes tenemos el coraje de firmar nuestras respetuosas opiniones.

  • Miguel Gómez Martínez

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