Opinión |11 Oct 2009 - 8:47 pm
Relaciones carnales
Por: Álvaro Forero Tascón
EN LOS AÑOS NOVENTAS LAS RELAciones entre Argentina y Estados Unidos eran tan estrechas, que el canciller argentino, Guido di Tella, las calificó como “relaciones carnales”.
Eso quería decir que la política exterior de Carlos Menem se reducía a un alineamiento automático con las posiciones norteamericanas, bajo la lógica de que los intereses argentinos quedaban a salvo bajo la “protección” de la primera potencia del mundo.
Con el fin de la hiperinflación que había mantenido a la Argentina sumida en la crisis y la desconfianza, la era Menem trajo un optimismo desbordado en las ideas conservadoras. En el frente internacional eso se reflejó en el restablecimiento de las relaciones con Inglaterra, rotas por la guerra de las Malvinas, en el retiro del Movimiento de Países No Alineados, en la participación en la Guerra del Golfo, y en el envío de tropas a operaciones de mantenimiento de la paz como la de Haití, que le valieron para convertirse en aliado externo de la OTAN.
En ese contexto, la alineación con Estados Unidos se veía no sólo como producto de una identidad ideológica, sino como un buen negocio porque facilitaba el flujo de inversión estadounidense, y daba prestigio. En la medida en que Argentina “abandonó” su región en busca de amigos poderosos, Estados Unidos también se convirtió en un aliado en los escenarios multilaterales, y en un apoyo valioso internamente para las políticas extremistas de Menem, especialmente la modificación de la constitución para permitir la reelección presidencial. La infatuación de los argentinos con la relación “especial” con Estados Unidos terminó estrepitosamente con la crisis financiera, cuando éste se negó a prestar ayuda, y por el contrario exigió el pago cumplido de sus acreencias.
La tendencia de la diplomacia colombiana de alejarse progresivamente de su región para alinearse exclusivamente con Estados Unidos, tiene similitudes con la diplomacia de Menem. En el último discurso del presidente Uribe en Naciones Unidas, buscó acusar a Venezuela ante la comunidad internacional, elevando las tensiones binacionales al nivel global, y rompió la tradición de distinguir entre países consumidores y productores de droga, planteando su tesis de que ahora todos los países somos consumidores.
Esa posición, sumada a la mostrada en las reuniones de Unasur, sugiere que el presidente Uribe está resignado a perder el pulso con Venezuela por el apoyo suramericano, incluido el de Brasil, Chile y Perú, con tal de preservar una relación especial con Estados Unidos por vía de servir de contención a Hugo Chávez. Es decir, que Colombia se niega a jugar bajo las nuevas reglas de la globalización, e insiste en la lógica de la Guerra Fría, con el argumento de que sus vecinos son una amenaza para la seguridad regional.
La pregunta es si es prudente reducir la diplomacia a buscar mantener una relación “especial” con un solo país, aún cuando ese país, como lo demuestra el Premio Nobel de Paz, está buscando construir una nueva diplomacia, más abierta. La función de la política exterior es resolver las inevitables contradicciones entre los distintos intereses estratégicos que tiene cada país. Renunciar a hacerlo es renunciar a tener política exterior.
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