Opinión |14 Oct 2009 - 10:31 pm

Juan David Zuloaga D.

Atalaya

La debacle de la ciudad

Por: Juan David Zuloaga D.

ES UNA PENA VER LO QUE LLEGÓ A ser Bogotá para tener que contrastarlo con lo que se ha convertido en nuestros días (y no hablo del bache que supuso el Bogotazo).

Para nadie es un secreto que, cuando menos desde la alcaldía de Jaime Castro, la ciudad tuvo brillantes administraciones que, cada cual a su manera y con sus propios prejuicios, por así decirlo, supo darle un horizonte y una luz a la capital. Se trató de una ardua y, sobre todo, paciente labor por construir una ciudad mejor en todos lo órdenes. Si Jaime Castro saneó las finanzas, si Antanas Mockus educó a sus habitantes, si Enrique Peñalosa fue hábil ejecutor, los alcaldes subsiguientes han sabido (y siguen sabiendo) acabar rápidamente con ese proyecto que suponía en ocasiones esfuerzos, pero que rendía sus frutos.

No es cuestión de negar las limitaciones de los anteriores alcaldes (que todos las tuvieron), sino de hacer notar que a pesar de ellas mismas la ciudad iba formándose y fortaleciéndose como guiada por una misteriosa entelequia. Ocurre que tenían esas administraciones algo de lo que carecen las últimas dos: un proyecto de ciudad; una mira y un anhelo. Nada de ir construyendo según el albur de los caprichos o el vaivén de los votantes. Como consecuencia de las desacertadas políticas, carentes de orden y de juicio, la ciudad ha retornado a tasas de violencia, homicidio e inseguridad que no se veían desde los primeros años de la década del noventa; los habitantes la perciben menos segura y ha habido notables retrocesos en órdenes en los que se había ganado inmenso terreno; las tasas de creación de nuevos cupos académicos se desaceleraron desde el desgobierno de Garzón, ayudado por su amigo Abel Rodríguez, y un largo etcétera que haría esta columna interminable. Y lo que fue la ciudad, se fue derrumbando gracias a la democracia; esto es, la volubilidad del electorado, la demagogia de los candidatos, la incapacidad de los gobernantes… Así, y por una aterradora burla del destino, desde que tenemos polo hemos perdido el norte.

De estas dos alcaldías —la de Funesto y Nefasto— casi preferiría el quietismo del primero, que la desidia del segundo. Pero no se engañe el lector; dije casi y en verdad, por una curiosa antinomia, la inacción de Funesto estaba acompañada de una insulsa verborrea, carente de gracia, aunque pretendiera cultivar la ironía —así le iba—, mientras que la indolencia de Nefasto viene acompañada de un oneroso mutismo.

Por todo ello, no deja de sorprenderme que Peñalosa y Mockus que tanto bien le hicieron otrora a la ciudad, guiados ahora por quién sabe cuáles vanas pretensiones, vengan a juntarse con quien tan desalmadamente supo barrer en un instante lo que comenzaba a construirse, que era grande. Si tuviera uno que elegir entre el desgobierno de Funesto o el de Nefasto, sería difícil decantarse por alguno de los dos, pero por lo menos Funesto, últimamente, consiguió buenos amigos (y no estoy hablando de sus juergas).

  • Elespectador.com| Elespectador.com

18

Opiniones

Este es un espacio para la construcción de ideas y la generación de opinión.
Este espacio busca crear un foro constructivo de convivencia y reflexión, no un escenario de ataques al pensamiento contrario.

El uso de este sitio web implica la aceptación de los Términos y Condiciones de COMUNICAN S.A. Todos los Derechos Reservados D.R.A. Prohibida su reproducción total o parcial,así como su traducción a cualquier idioma sin autorización escrita de su titular. Reproduction in whole or in part, or translation without written permission is prohibited. All rights reserved 2012