Opinión |15 Oct 2009 - 11:43 pm
Los cabos sueltos del Palacio
Por: Juan Carlos Botero
NADA MÁS PELIGROSO EN UN BARCO que un cabo suelto. Las cuerdas, sogas y escotas que sirven para manejar las velas, sujetar las anclas o amarrar la nave en puerto, se deben mantener tensas o adujadas, justamente para evitar accidentes de gravedad.
Además, los cabos para izar las velas mediante grilletes y poleas, al soltarse quedan bailoteando sin control, dando latigazos a todo quien se acerque a sujetarlos. Preservar el orden en un barco, en suma, con los pasillos libres y los cabos aferrados, es urgente, porque lo que está en juego es nada menos que la vida misma.
Igual sucede a nivel nacional. Los cabos sueltos de nuestros dramas siguen lacerando el espíritu y fustigando la piel de todo el país. Y quizás ninguno lo ilustra tanto como las incógnitas que todavía rondan en torno al Palacio de Justicia.
Por ello, las recientes declaraciones del presidente de la Corte Constitucional, Nilson Pinilla, miembro de la Comisión de la Verdad para esclarecer los hechos del 6 y 7 de noviembre de 1985, son reveladoras. En su opinión, el Estado debe asumir su responsabilidad por el exceso de fuerza en la retoma del edificio, y también que resulta inocultable el hecho de que hubo desaparecidos. Es probable, dice, que 11 personas de la cafetería fueron “sometidas a un proceso de desaparición”, y que al menos cuatro de ellas salieron vivas del palacio. Por suerte, el informe final de la Comisión se conocerá en pocas semanas.
Entre tanto, los cabos siguen sueltos y son demasiado importantes para que queden flotando sin respuestas satisfactorias de parte de las autoridades. Por ejemplo, ¿cuál es la explicación de que el magistrado auxiliar, Carlos Horacio Urán, haya salido vivo del palacio y luego su cadáver haya aparecido en las ruinas calcinadas del edificio, con un tiro fatal disparado a quemarropa? ¿Quiénes son los responsables de las desapariciones? ¿Quién mató a los magistrados, incluyendo a Alfonso Reyes Echandía? El fatídico ingreso al cuatro piso, que por lo visto ocasionó tantas muertes, ¿contó con el visto bueno del Ejecutivo? ¿Quién ocasionó el incendio que consumió el edificio? ¿Quiénes acordaron el llamado “pacto de impunidad” para impedir la investigación de los hechos, como señaló el ex presidente López Michelsen? ¿Hubo o no un golpe de Estado durante esas horas decisivas? El testimonio de Enrique Parejo, entonces ministro de Justicia, deja en claro que sí lo hubo, pero falta la palabra final sobre ese punto y sobre todos los anteriores.
Esta tragedia está llena de errores. Y uno frecuente, en el cual yo mismo incurrí la vez pasada que escribí sobre el tema, es que en aras de resaltar la barbarie de la guerrilla y los excesos de las Fuerzas Armadas, se pasa por alto el hecho de que las tropas rescataron con vida a 260 personas del palacio. Ese acto meritorio no las exonera de los abusos cometidos, desde luego, pero se debería resaltar con la misma voz con la que se condenan los atropellos. Yo no lo hice y fue un error, y pido disculpas por ello.
En cualquier caso, el país requiere el texto final de la Comisión. Porque nada despeja las tinieblas del dolor como la luz de la verdad, y nada resulta más urgente que aferrar los cabos sueltos de los episodios más hirientes de nuestra historia.
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