Opinión| 17 Oct 2009 - 11:00 pm
Chávez, golf y dictadura
Por: Humberto de la Calle
Quizás lo que llama la atención es el lenguaje impúdico del poder. En entrevista reciente, en vez de usar los consabidos eufemismos que suelen utilizar los dictadores (reales o supuestos intereses estratégicos), simplemente explicó la nacionalización del hotel como un acto de retaliación. “Cuando queríamos realizar la cumbre ASA (América del Sur-África), tuvimos que pedir un montón de permisos para la seguridad y para otras cosas (...) Ellos quieren imponerle condiciones al Estado revolucionario y eso no lo vamos a admitir”. Y punto.
Lo del golf es una radiografía. El último eslabón lo constituye la declaración del presidente de Costa Rica sobre las llamadas “bases de paz” que promueve Chávez. “Si quiere aprender a jugar golf, que venga a Costa Rica. Pero no le admitimos lecciones en materia de paz”.
Una estupenda crónica de la revista Diners narra cómo en los albores de la revolución cubana, hasta sus líderes se divirtieron con el golf. La crónica viene acompañada de llamativas fotografías de Fidel y el Che, con botas de campaña y habano en los labios, ensayando su swing. De allá hasta hoy, Cuba ha abierto sus puertas al golf. Como también lo hizo China, con sus 376 nuevos campos y sus multimillonarias fábricas de equipos. En Nicaragua se abren complejos hoteleros con nuevas canchas. Y hasta en Irán el golf es aceptado, incluso para practicantes femeninas a condición de recato en su vestimenta. Desde el punto de vista económico, golf es sinónimo de inversión, empleo y divisas.
Pero el odio feroz de Chávez parece ser más profundo. En una reciente reunión con sus seguidores, la emprendió contra Rafael Isea, gobernador de Aragua. “¿Usted juega golf?”, le preguntó. Tembloroso contestó: “Jugué antes, pero ya no juego”. Y cuando trató de explicar que en su Estado sólo había una cancha, con voz amenazante Chávez le dijo: “¿Usted defiende eso?”. “No, absolutamente no”, dijo el aterrado subalterno.
Que el Gobierno estime que las canchas en sectores céntricos entorpecen el desarrollo y que, por tanto, pueden ser expropiadas, es algo explicable. Ya lo propuso aquí Peñalosa con razón. Pero lo que se observa en la sicología de Chávez es un odio por la actividad misma, un deseo de vilipendiar a quienes la practican, un profundo rencor. Un hombre de clase media que vive en Caracas de impartir clases, dijo hace poco: “¿Cómo se puede nacionalizar un deporte?”. Es como nacionalizar la pintura abstracta, la música clásica, la lectura de Jet Set o el juego de tute, simplemente porque corresponden al odio del sátrapa. Admitamos: es un juego burgués. Pero burgués es también leer a Platón y no que hay que prohibirlo por eso.
Mirando de nuevo las fotos de Diners, a lo mejor allí está la respuesta: al lado de los jocundos y relajados barbudos cubanos aparece un tenso Chávez, agarrado a su palo con ansia de camionero, cogiendo el driver como un hacha. Es el símbolo de su resentimiento infantil que no ha podido superar, ni siquiera cuando goza de las mieles del poder absoluto.
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A propósito de Chávez, el Rey de España le dijo: ¿Por qué no te callas? Uribe le debería decir al Ministro de Agricultura: ¿Por qué no te marchas?
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Humberto de la Calle
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