Por: Daniel Pacheco

Secuestro masivo en la Universidad Nacional

LA ESCENA DE WASSERMAN ACORRAlado por una turba me recordó un viaje en avión en el que pensé que el aparato se iba a caer.

Contra todos mis principios elevé una plegaria al Todopoderoso en el que no creo: “Dios, por favor, que no se caiga este avión, y si se cae, sálvame a mí”. Por supuesto al avión no le pasaba nada, nunca hubo riesgo de una catástrofe, y al final sólo quedó un sabor de culpa, justificado por la debilidad de mi condición humana frente al miedo.

Yo me refiero a ese episodio como un momento de demencia temporal. Algo similar le debe estar sucediendo a Moisés Wasserman, el rector de la Nacional que vivió el asedio entre su carro la semana pasada. Demencia temporal mientras denunciaba su “secuestro” con el Presidente reconfortándolo al lado en una rueda de prensa, y sentimiento de culpa este lunes mientras trataba de corregir su declaración explicando que era más una “descripción” de los hechos que la “calificación de un delito”.

Sobre calificaciones de delito se encargan los jueces. Pero como descripción las palabras de Wasserman son muy ajustadas a lo que sucede en la Nacional hace años, donde hay un secuestro masivo de la opinión. Como estudiante yo fui testigo de cómo un puñado de compañeros y otros personajes externos monopolizaban la voz de un estudiantado de más de 20 mil personas en Bogotá. Por ejemplo, cuando los encapuchados pintaban de bobadas los muros de la universidad, cualquier protesta, así fuera una sugerencia ortográfica, era respondida con agresividad. Las jornadas de condicionamiento constante, cuando grupos de 10 a 20 encapuchados se formaban en la plaza central y hacían explotar bombas mientras gritaban consignas, parece que todavía son efectivas. ¿Cómo es posible que un cuerpo estudiantil tan grande como el de la Universidad Nacional permita que unos pocos estudiantes retengan a su rector de 63 años por cinco horas en un sitio sin baño?

Creo que es miedo y no indolencia. Un miedo difícil de superar por la posición ambigua sobre la protesta estudiantil que todavía está viva en la comunidad universitaria. La misma posición ambigua a la que se enfrentó Wasserman: describir su situación como un secuestro pero solicitar que no entrara la policía a solucionarla. Esa indecisión sobre si lo que pasa a menudo en la universidad —bloqueo de salones, toma de edificios, vandalismo, intimidación, “secuestros”— es protesta o crimen, impide tomar decisiones conjuntas que aplaquen el miedo.

Existe la prevención a tomar una posición que se parezca demasiado a la que ha expresado, por ejemplo, el Presidente. Pero por no parecer la universidad lleva ya años reaccionando a este tipo de situaciones como un pasajero asustado en un avión, lanzando plegarias al Todopoderoso al que después descree. Lo malo es que si de verdad se viene abajo el avión, sólo el Señor podrá salvar a la Universidad Nacional.

Pata: El “secuestro” de Wasserman es un crímen contra la inteligencia: La cabeza del movimiento para que el Gobierno aumente el presupuesto de las universidades públicas, es presa de estudiantes que, a raíz de la campaña que él lideró, le exigen un aumento presupuestal.

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