Opinión |22 Oct 2009 - 9:40 pm
Donde mataron a Gandhi
Por: Juan Gabriel Vásquez
HACE POCO ESTUVE POR PRIMERA vez en el lugar donde, el 30 de enero de 1948, mataron a Gandhi.
Había llegado a Delhi semanas atrás; quería, entre otras cosas, solucionar con sus métodos una de las plagas de la India de entonces y también de la de ahora: la rivalidad mortal entre religiones. Ese 30 de enero salió de la habitación donde dormía (por una de esas ventanas que se abren de par en par y dan casi hasta el suelo) y caminó, junto con dos personas que le servían de apoyo, hasta el lugar donde tenía lugar la oración de las cinco de la tarde. Lo esperaba una multitud, como siempre; como siempre, varios de los presentes se le acercaron para tratar de tocarlo. Uno de ellos se agachó justo enfrente de Gandhi, tan cerca que Gandhi pensó que el hombre quería tocarle los pies; para abrirse paso hasta allí, había empujado a uno de los acompañantes de Gandhi, cuyo cuaderno cayó al suelo de tierra. Entonces el hombre sacó el revólver que llevaba escondido y disparó tres tiros. Gandhi murió a las 5:17. Dicen que su última palabra fue el nombre de un dios: Rama.
Ahora bien: lo curioso de esa última palabra es, al contrario de lo que sucede en otros casos, que resulta verosímil. George Orwell, a pesar del escepticismo que sentía frente a Gandhi, le reconocía sin ambages un evidente valor físico: la prueba, escribió, es que Gandhi, que sabía de las amenazas que pesaban sobre él, hubiera podido protegerse mejor, pero no lo había hecho. Y sí: yo puedo imaginar a Gandhi invocando con el último aliento a una divinidad; lo que no sé, y aquí está el problema, es si eso es bueno o malo. Esa imagen es demasiado coherente, demasiado parecida a lo que sus seguidores incondicionales hubieran querido oír. Y sin embargo, la vida y el pensamiento de Gandhi son menos monocordes de lo que nos han querido vender, y por eso me interesan. En otras palabras: me interesan porque le encuentro las contradicciones, las inconsistencias o los francos errores que echan abajo la siempre molesta figura del santón. Alguna vez me dijo alguien que mi problema con Gandhi era un problema con una frase, y que la frase no era de Gandhi, sino de Orwell, y que el problema no era que no me gustara la frase, sino lo contrario: que me gustaba demasiado.
“Los santos deberían siempre considerarse culpables hasta que se demuestre su inocencia”, dijo Orwell. Y no lo hemos hecho con Gandhi. Lo admiramos sin reticencias, sin fisuras; y eso no es bueno. Hablamos mucho de sus esfuerzos a favor de los intocables; olvidamos que ese nombre que les puso, “Hijos de Dios”, resultó al final un lastre —el lastre del paternalismo, de la inocencia— del que los intocables quisieron voluntariamente liberarse. Hablamos mucho de la No violencia, y nos parece que esas actitudes son virtuosas en sí mismas; olvidamos que después de la Segunda guerra le preguntaron a Gandhi qué deberían haber hecho los judíos, y él, genuinamente convencido de que su sacrificio habría sido la mejor crítica al régimen de Hitler, dijo: “Deberían haberse ofrecido al cuchillo del carnicero”. Gandhi fue inocente y caudillesco, más político de lo que se quiere creer y más intransigente en materia religiosa de lo que se acepta. Y aquí, en el lugar donde lo mataron, me parece ahora que un hombre tan importante no se merece que lo crean perfecto.
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