Opinión |24 Oct 2009 - 11:00 pm
1989
Por: Armando Montenegro
TIMOTHY GARTON ACABA DE ESCRIbir en el NYR que el siglo XX terminó en 1989 y que sólo hasta ahora se comienzan a entender las consecuencias de largo plazo de todo lo que sucedió durante ese año.
Lo más importante fue el fin del comunismo, un experimento que desde 1917 capturó la imaginación de varias generaciones y llevó a la muerte a millones de personas. El muro de Berlín cayó el 9 de noviembre y allí mismo comenzó el derrumbe definitivo de la Unión Soviética.
En ese año, el gobierno comunista de China, desafiado por las manifestaciones y la sangre en Tiananmen, demostró, a diferencia de los soviéticos, que sí tenía la flexibilidad para acomodarse a los nuevos tiempos. Deng Siao Ping ratificó la decisión de mantener la pragmática apertura de su economía, uno de los experimentos más audaces y exitosos de la historia.
1989 marcó el fin de los regímenes militares en América Latina. El emblema del pasado, el general Pinochet, fue reemplazado por Patricio Alwin en diciembre de ese año. Carlos Menem fue elegido en Argentina y Carlos Andrés Pérez en Venezuela. Todos ellos, al terminar la llamada década perdida, aspiraban a hacer más competitivas sus economías por medio de reformas que marcaban una brusca ruptura con el largo y obsoleto consenso cepalino.
En ese año ocurrieron eventos que cambiaron la historia de Colombia. Fracasó el último intento del Congreso de cambiar la Constitución de 1886. Luis Carlos Galán fue asesinado por el Cartel de Medellín en agosto. La violencia colombiana llegó a uno de sus picos históricos (el avión de Avianca que iba a Cali explotó el 27 de noviembre).
La muerte de Galán precipitó un enorme cambio generacional y político. Se puso en marcha el proceso que culminó en la Asamblea Constituyente de 1991. César Gaviria fue elegido en 1990. Y se desató una lucha contra el Cartel de Medellín que terminó con la muerte de Pablo Escobar en 1993 (Rodríguez Gacha fue abatido el 15 diciembre de 1989).
En ese año ya era claro que Colombia, a raíz de la destrucción de cultivos en Perú y Bolivia, se había convertido en un gran productor de cocaína (hasta entonces, los carteles colombianos habían sido sólo intermediarios y distribuidores). El negocio de los sembrados de coca pronto atrajo a la guerrilla y a los paramilitares. Así comenzó el camino explosivo que condujo, años después, al despeje del Caguán y, luego, al proceso de paz con los paramilitares.
La caída del comunismo tuvo un fuerte impacto en quienes todavía creían en la lógica del materialismo histórico. Como la lucha armada perdió su justificación “científica”, los guerrilleros que quedaron en el monte se apegaron al tráfico de cocaína y al secuestro.
Después de la muerte de Galán y los demás acontecimientos de 1989, el foco de las relaciones internacionales se concentró, como nunca antes, en Estados Unidos. El país extremó su política de respice polum. El presidente Barco se reunió con George Bush padre el 29 de septiembre y allí se cimentó una alianza que, con el tiempo, evolucionó hacia la concesión de preferencias arancelarias, a la penosa discusión del TLC que comenzó en 1993, al Plan Colombia, y ahora a las bases militares.
Al romper bruscamente las tradiciones, querencias y rutinas, algún historiador amigo de las grandes generalizaciones dirá que en 1989 Colombia comenzó a adquirir la cara, las cicatrices y el rictus que exhibe hoy.
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