Opinión| 25 Oct 2009 - 7:35 pm

María Elvira Bonilla

El negocio de Dios

Por: María Elvira Bonilla
FAMOSO POR SU PALABRA FÁCIL Y sus citas bíblicas de la “palabra de Dios” ante multitudes y en la radio, el pastor Vladimir Melo, del Movimiento Unión Cristiana, pasó de ser novel concejal de Bogotá a detenido en La Picota, acusado por la Fiscalía de pagar 5 millones de pesos por el asesinato de su esposa, madre de sus dos hijos.

La verborrea moralizante de su prédica diaria sobre los valores cristianos y divinos no le sirvió para defenderse en la audiencia pública, desnudo de argumentos frente a la aterradora acusación de la Fiscalía.

Este es un caso límite de hipocresía y de doble moral. Pone a pensar en esos predicadores, tramitadores de felicidad acá y de vida eterna allá, que se han tomado el país. Personajes habilidosos de palabra, vendedores de interpretaciones personales de la Biblia, de Dios y de la vida, que les permite fundar su propia congregación religiosa, transformada en iglesia cristiana que muta a organización política con electorado y finanzas cautivas en cabeza de sus seguidores, a quienes seducen con la fe, las promesas y hasta los milagros.

Los pastores combinan su condición de guías espirituales con poderes de sanación, recaudadores de significativos aportes económicos —cada feligrés tiene que aportar cifras cercanas al 10% del ingreso individual—, con la de dirigente político que ofrece sus votos al partido que le abra puertas al poder de los mortales. Es la versión criolla de las mega churches norteamericanas, base electoral del ala ultraconservadora del Partido Republicano, que llevaron a la presidencia a George W Bush, gran piedra en el zapato para las reformas que se propone el presidente Obama.

Volviendo a Vladimir Melo, con su discurso-sermón se estrenó como edil de Puente Aranda y militante del Partido Cristiano de Transformación y Orden —Paca— hasta reemplazar en la curul del Concejo distrital con infelices 2.500 votos al autodenominado apóstol Gustavo Páez. Este se retiró para aspirar al Senado, a donde ya llegó su compañero de iglesia, el pastor Enrique Gómez, aliado del cuestionado Partido Colombia Viva, a reemplazar al senador Dieb Maloof, investigado por la parapolítica. Allí ya estaba Claudia de Castellanos (flagrante embajadora de Colombia en Brasil por escasos ocho meses en el primer cuatrienio Uribe), quien junto a su marido César predica a nombre de la Misión Carismática Internacional en el descomunal Centro de Convenciones G12. Son ocho los senadores cristianos. Cuatro de ellos reemplazando a congresistas enredados con la parapolítica y que gracias al voltearepismo entraron a engrosar las filas del Partido de la U.

La fórmula es simple: Dios habla a través del pastor, el pastor maneja almas y voluntades y los feligreses aportan diezmos y votos. Votos y dinero que entran al mercado de la politiquería al servicio de los intereses terrenales de los pastores. Se calcula que las iglesias cristianas mueven 4,5 millones de personas, al menos 1 billón de pesos al año y una poderosa red de espacios en radio y televisión. Religión, dinero y política, una mezcla explosiva que apenas empieza a mostrar sus dientes en Colombia y que puede ser determinante para el futuro político del país.

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