Opinión |30 Oct 2009 - 9:14 pm
Itinerario
El otro paraíso
Por: Diana Castro Benetti
Recorrer unos pasos fuera de casa es poder evocar el paraíso.
Terruños y espacios que hacen de una ruta la posibilidad de encontrar aguas cristalinas, cielos despejados y árboles con sus magnolias. Andareguear resulta obligado para quienes quieren descubrir los misterios de los caminos y los destinos porque a veces, los paraísos tienen sus distancias relativas para quien quiere transitarlos. Algunos se sienten lejanos e inaccesibles como el Himalaya y los arroyos de los llanos; otros son paraísos posibles como los lagos nórdicos o los altos picos de los Andes.
Y lo que para unos es un paraíso para otros es una simpleza. Los hay suntuosos con guirnaldas y campanillas doradas que cuelgan de las entradas al lado de un gato de la prosperidad o los hay aquellos que prohíben lo paradisíaco. Muchos permiten variedad de ligerezas o hasta se hacen los ligeros de equipaje. En últimas, el paraíso es un verde pedazo de tierra con puertas de madera.
Pero recorrer unos pasos hacia dentro de uno mismo es también poder encontrar el paraíso tantas veces perdido. Ese propio que no se parece a otro y que tiene las fronteras porosas con los infiernitos que nos aquejan. Íntimos y misteriosos, los paraísos que llevamos dentro son de siempre, no nos abandonan y hacen de lo trivial una eternidad. No tienen patrones ni calderas o mucho menos pueden ser la copia de los anuncios. Los paraísos que llevamos dentro nos recuerdan que somos únicos y que podemos, si los destinos permiten, ir resonando con los frutos de los otros porque hay quienes llevan dentro las mieles de lo que otros moralizan como infiernos. Pueden, incluso, encarnar un paraíso con la tonada de la realidad y vivir cerca de la esquina.
Sin duda, el paraíso que llevamos dentro mantiene una directa sincronía con las mejores intenciones, los pensamientos más creativos, las imágenes más prósperas, los sentimientos mejores, las nubes más altas, los aguaceros muy torrenciales y las flores más azules. Llenos de creatividades, olores dulces y presencia, esos paraísos nuestros son el cuerpo que hace presencia trascendente como si fuera un árbol conectado a los placeres más mundanos. Bien lejos de las explicaciones filosóficas, estar más cerca del paraíso implica hacer de la vida un vuelo mágico.
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