Opinión| 30 Oct 2009 - 11:33 pm

Eduardo Barajas Sandoval

Las trampas del pragmatismo

Por: Eduardo Barajas Sandoval
La lista de gobernantes y actores políticos pragmáticos es menos larga que la de sus encrucijadas.

Seguramente ese es el precio que implica tomar elementos, principios y propuestas de aquí y de allí, con el arbitraje del mismo que busca acomodarlo todo a su proyecto.  Es decir sin términos de referencia previos conforme a una visión armónica del Estado y de la sociedad, cuya carencia se manifiesta en los momentos de crisis y sólo conduce a complicar las cosas.

Con la convicción de que las fronteras entre derecha e izquierda son cosas del pasado, los campeones del pragmatismo hacen propuestas a la medida de lo que la gente prefiere oír. Según el asunto, coleccionan ideas de toda procedencia y las incorporan en un proyecto que por cualquier motivo deja contentos a quienes dominan uno u otro tema de interés de la sociedad.  A ese paso terminan por armar colchas de retazos con las que se cubre el escenario político.

La estrategia, concebida de pronto con las mejores intenciones, permite buenos resultados electorales, porque cada quien encuentra un argumento adecuado para votar a favor de lo que le interesa. El período de gracia de los gobiernos constituidos bajo ese esquema tiende a ser de larga duración. Nadie reacciona en contra, porque todo el que se siente bien interpretado en la materia que le interesa, guarda silencio sobre lo demás.

No se puede negar que son muchos los problemas tópicos que se consigue arreglar. Al tiempo que se deja contento a un amplio espectro de la ciudadanía. Pero el ejercicio tiene que ir acompañado de un elemento publicitario de alta intensidad, en la medida que es preciso andar explicando y promocionando todo, para que la gente se haga una idea de la complejidad de una tarea hecha a la medida de muchos problemas, que no surge de criterios ortodoxos. Como diría un distinguido mexicano: ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario.

Las medidas de diferente origen y talante terminan tarde o temprano por chocar. A manera de ejemplo, nadie entiende cómo se pregona el interés por los pobres pero se les deja a los ricos la tarea de sacarlos de la pobreza como intermediarios de la ayuda estatal. Todo por el miedo a que el Estado resuelva cumplir con tareas que se desprestigiaron como deber público cuando los llamados a hacerlo no cumplieron a cabalidad su función.

El problema se agrava particularmente cuando todas las respuestas tienen que provenir del patrón, porque sólo él, como artífice de las complejidades de su propuesta, es quien tiene autoridad para responder si una cosa está bien o está mal, conforme al esquema que se inventó. Circunstancia que al tiempo que le confiere poderes aparentemente supremos le aísla de sus propios amigos, que no quieren correr el riesgo de desacertar si se aventuran en la interpretación. Cuando no los conduce indefectiblemente a campear, porque sí, en defensa de un u otro aspecto del programa, inclusive en casos en los que nada tienen que ver. 

Normalmente los proyectos pragmáticos cuentan con el apoyo de partidos organizados también a la medida. Nada que ver con las tradicionales formaciones políticas de derecha o de izquierda. Pero mucho que ver con unas y otras, depende de lo que se trate. Hasta que las incoherencias terminan por molestar a todos por igual.

Encima de todo, el pragmatismo hace difícil el ejercicio de la responsabilidad política. Porque en medio de las complejidades de las invenciones de los líderes, lo que se piense, se diga, se proponga o se haga, no tiene un catálogo armónico de principios orientados en una u otra dirección, para que la gente escoja entre grandes variables, y no entre complicadas propuestas de detalle que no arman un paisaje claro. Habrá que ver hasta cuándo duran los experimentos pragmáticos y cuál será la herencia que dejan, tanto de soluciones como de confusión.

  • Eduardo Barajas Sandoval

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