Opinión |31 Oct 2009 - 11:55 pm
Explosión de los sentidos
Por: Mauricio Botero Caicedo
VARIOS SIGLOS CONVIVEN EN AQUEL subcontinente maravilloso que es la India: por un lado perdura —indiferente a los esfuerzos del socialismo imperante— una sorprendente diversidad de castas, cuyos orígenes históricos están con los oficios, las raíces familiares, la lengua y la religión.
Paralelamente coexiste una India que se consolida como una potencia en las tecnologías más avanzadas del planeta, incluyendo la nuclear. Con una población que rápidamente se acerca a los 1.100 millones, esta nación tiene más habitantes que América Latina y África juntas.
Visitar la India detona los cinco sentidos: la increíble belleza de las mujeres y colorido de sus vestidos, la diversidad de las frutas y las flores, los colores de las casas, los buses y rickshaws, asombran y recrean el ocular; la sinfonía de olores y sabores, comenzando con una infinita variedad de especies, deleitan el gusto y el olfato (no siempre de manera agradable); la algarabía de ruidos y sonidos, desde los pitos de todos los vehículos —indistintamente sean de tracción mecánica, animal o humana—, pasando por el bullicio de los vendedores ambulantes y los omnipresentes mendigos, hasta los chillidos de los ubicuos micos, avivan el auditivo; la delicada textura de los textiles y las sedas, de las maderas, y de las piedras y los mármoles, producen sensaciones desconocidas para el tacto.
A pesar de tener uno de los crecimientos económicos más altos del planeta, la India enfrenta un enorme obstáculo para convertirse en una potencia de primer orden: una todopoderosa burocracia que haría palidecer de envidia al mismo Kafka. El legado administrativo del imperio británico, impregnado del intervencionismo salvaje de Nehru y sus descendientes (fanáticos socialistas), dejó un abominable coloso burocrático, coloso que las reformas al principio de los noventa no han podido ni domar, ni desmantelar. Gurcharan Das, un agudo comentarista local, afirma: “La inmensa tragedia de la India es la incompetencia administrativa e institucional. Mientras que no se desmonte la herencia socialista del Raj de las Licencias y Regulaciones, y se reenfoque la esfera de influencia del Estado omnipotente hacia sus funciones esenciales de gobierno y de construcción del capital humano, es poco lo que se puede hacer”. (Para tener una idea de la pesadilla administrativa, el salir de India a Nepal requiere que en el pasabordo de la aerolínea cinco burócratas le estampen a uno su respectivo sello).
Las carreteras, con muy contadas excepciones, son un verdadero desastre. Uno llega a pensar que Andrés Uriel está igualmente encargado de la infraestructura vial en la India. A pesar de la proliferación inimaginable de los rickshaws, que en esencia son mototaxis, el tráfico fluye sin contratiempos. Uno de los principales peligros en las calles y en las carreteras son la vacas sagradas, que por ley hacen lo que bien les viene en gana. En Colombia, a diferencia de la India, tenemos igualmente peligrosísimos obstáculos en las carreteras que son los conos naranjas, instrumentos que en los últimos años son considerados sagrados por nuestra Policía de Carreteras.
A primera vista la India es un país pacífico. Por ello sorprenden algunos brotes de violencia aislados, pero absurdos, como el que en pleno vuelo de Air India hace tres semanas, tanto el piloto como el copiloto se enfrascaron a trompada limpia con un cabinero y una azafata en el pasillo del avión, poniendo en riesgo la seguridad de todos los pasajeros.
Para terminar, en el alma del visitante la India se enquista con pasión; y con este hermoso país espiritual y emocionalmente ocurre algo similar a lo que enfrentan los huéspedes del hotel California: la cuenta se puede cancelar en cualquier momento, más nunca se puede abandonar el lugar.
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