Santiago Montenegro 1 Nov 2009 - 8:20 pm

No todo ha sido violencia

Santiago Montenegro

EN SU NOTA EDITORIAL DEL 26 DE octubre, El Espectador invitó a los historiadores y a todos los estudiosos de las ciencias sociales a un debate sobre si lo más característico de la historia de Colombia es la continuidad y permanencia de la violencia.

Por: Santiago Montenegro
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Según dicho editorial, ese fue el argumento que presentó el presidente Uribe en la clausura del Encuentro Internacional con la Historia, organizado por la Consejería para el Bicentenario y Colciencias. He leído con atención esa y dos exposiciones más y encuentro que ha matizado mucho el argumento. Por eso, no voy a discutir qué dijo exactamente el presidente, pero sí quiero opinar sobre la validez de dicha hipótesis. En mi opinión, es una hipótesis que no es apropiada para describir la historia de Colombia. Contra el argumento de que el siglo XIX fue una sucesión de guerras civiles y de inestabilidad, muchos de los más respetados historiadores y analistas de ese período han señalado que la violencia en Colombia fue relativamente moderada comparada con la de otras partes. Los conflictos en otros países fueron más largos, más frecuentes y más sangrientos. En países como Canadá, los Estados Unidos y aun en Argentina, llegaron a haber episodios serios de secesión. Y, terminada la Guerra de los Mil Días, Colombia tuvo medio siglo de completa paz que, de ninguna manera, se puede desestimar. Por estas razones, muchos académicos e historiadores extranjeros han resaltado, no la violencia, sino muchas fortalezas de las instituciones políticas de Colombia. Por ejemplo, Enrique Krause no se cansa de argumentar que la gran fortaleza histórica de nuestro país en el concierto internacional ha sido la estabilidad de las instituciones republicanas y de la democracia, con todos los problemas que ha podido tener. En una perspectiva comparada, las instituciones políticas colombianas han tenido tres características: tenemos una de las tradiciones electorales más largas del continente; hemos tenido casi siempre gobiernos civilistas; esos gobiernos han hecho, casi siempre, un uso limitado del poder. Así, salvo cortos períodos, Colombia ha sido una tierra ajena a los gobiernos militares, a los caudillos y al populismo que han soportado muchos países de la región. La estabilidad institucional se tradujo en un crecimiento importante de la economía, pues el PIB se multiplicó cien veces y el ingreso per cápita diez veces en los últimos cien años. La esperanza de vida al nacer de los colombianos, que era de unos 30 años durante la Independencia, había subido a 38 años hace un siglo y hoy está en 72 años. Hacia 1830, el analfabetismo de adultos era de un 90%, hacia 1900 había caído a un 58% y hoy puede estar por debajo de un 7%. Para dar sólo una cifra más, hace un siglo la mortalidad infantil era de un 204 por mil, hoy está alrededor de un 20 por mil. Por supuesto, esto no quiere decir que Colombia sea un paraíso. Lejos de ello, pues hay problemas muy serios que tenemos que resolver como la pobreza, la distribución del ingreso, una buena infraestructura, o un sector agrícola moderno, o el acceso a una educación de calidad para los colombianos de todas las condiciones.

Pero, serena y objetivamente, debemos reconocer los logros de las generaciones anteriores. Especialmente, debemos reconocer y defender los logros de las instituciones políticas que con tanto esfuerzo y dedicación moldearon nuestros mayores. Y, en particular, debemos resaltar y defender la noción de que la democracia debe ser liberal y, por lo tanto, los gobiernos deben tener contrapesos, controles y límites, tanto en el espacio como en el tiempo.

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