Opinión |3 Nov 2009 - 11:21 pm
Los peligros del formol
Por: Andrés Hoyos
DAMIEN HIRST, EL HOMBRE DE LOS tiburones podridos, acaba de ser desenmascarado por su propia mano y con él toda una edad de emperadores desnudos corre el riesgo de ser vista en cueros en público.
Yo mismo decía aquí hace un año que el emblemático Hirst no carece de talento, sólo que éste no tiene nada que ver con el arte; es un talento para los títulos melosos, para la (auto)publicidad y para los sablazos con muchos ceros. Tan apreciado ha sido este rey Midas de la basura artística, que Jamie Anderson, un profesor del London Business School, lo puso hace poco de modelo para que los estudiantes de administración diseccionaran sus lucrativas movidas. Por eso, la última de ellas resulta muy extraña. El hombre decidió exhibir 25 cuadros, que pintó sin asistentes, en la venerable Wallace Collection de Londres, donde debe alternar con Velásquez, Tiziano, Poussin y Rembrandt. Pese a que Hirst se siente “profundamente conectado con el pasado”, el contraste de sus cuadros con los de los maestros es, según la versión casi unánime de los críticos, apabullante. Salta a la vista que estamos ante un embadurnador del montón.
De inmediato, la revista ArtReview, que publica un quién es quién de las 100 personas con más poder en la escena artística internacional —por si acaso, los primeros siete no son artistas— lo bajó del primer puesto al 48. ¿Qué estarán pensando los coleccionistas que le pagaron millones a este Bernard Madoff del arte por sus objetos? Me los imagino nerviosos y entregados a maniáticas maniobras de control del daño. No pueden salir a vender en masa porque un bajón notorio en los precios de Hirst en este momento enterraría para siempre a la pirámide. Alguien, incluso, debe comprar un par de los lienzos de la Wallace, quizá exigiéndole a Hirst que se lleve el resto para su casa y los esconda. Nerviosos y todo, van a seguir como si nada, confiados en el aforismo lapidario de Elsa Maxwell, según el cual “nadie nunca se quebró subestimando la inteligencia del público”.
Mención aparte merece la participación de la prestigiosa Wallace Collection en el disparate. Su directora Rosalind Savill, una experta mundial en porcelana de Sèvres, se deshizo en elogios frente a los mediocres lienzos de Hirst. Más le valiera a doña Rosalind haber seguido examinando porcelanas, porque por el camino desnudó la complicidad institucional en el fraude artístico de los últimos tiempos: es eso o el completo embrutecimiento de la burocracia artística internacional. En la mayoría de las instituciones el criterio estético ha sido suplantado por un discurso turbio e incomprensible en el que lo único no borroso son los ceros a la derecha de los cheques que giran los incautos.
Habrá, pues, un cierre de filas de los poderosos de ArtReview detrás del millonario “pintor” imprudente. Yo creo, sin embargo, que el daño está hecho porque ver a un payaso rico empeloto en público desatará un hambre colectiva de vituperio. Día por día valdrá menos todo ese lodo de la corrección política, de la novelería exaltada y del escándalo. Queda demostrado, además, que uno puede fingirse “artista” posmoderno, pero no pintor. Para pintar hay que saber pintar.
En fin, aun si sigue el cachondeo por un tiempo, al menos algunos nos estamos divirtiendo de lo lindo a costa de las tribulaciones de esa pobre gente rica que compra mascotas en formol porque no sabe en qué otra cosa malgastar su dinero.
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