Opinión |4 Nov 2009 - 7:17 pm
Confusiones infantiles
Por: Felipe Restrepo Pombo
Desde que Roman Polanski fue arrestado, hace ya unos meses, se inició una cacería de brujas.
A la detención del cineasta —acusado de violar a una niña de trece años, hace más de tres décadas— le siguieron varios escándalos relacionados con el abuso de menores.
Varias celebridades y amigos del director pidieron su liberación. Uno de ellos fue el ministro de cultura de Francia, Frédéric Mitterrand, sobrino del ex presidente François Mitterrand. Pero al ministro no le fue bien con su defensa. Sus enemigos recordaron que en sus memorias, La Mala Vida, Mitterrand contó que se había acostado con jóvenes prostitutos en Tailandia. Marine Le Pen, hija del líder derechista Jean Marie Le Pen, citó algunos apartes del libro —“Todo ese ritual de feria de efebos, de mercado de esclavos, me excita”— para acusarlo de pederasta y pedir su renuncia inmediata.
A los pocos días, en México, un grupo de activistas en contra de la prostitución infantil demandó a una productora que estaba rodando una adaptación de Memoria de mis putas tristes, la novela de García Márquez. Los activistas sostienen que la novela es una apología de la pederastia. La demanda generó un escándalo y la producción de la película fue suspendida.
En una columna reciente en el diario El País, Mario Vargas Llosa dice que estos escándalos —específicamente los de Polanski y Mitterrand— son un síntoma claro de la decadencia moral de nuestro tiempo. El escritor peruano se queja amargamente: después de que su generación luchó a favor de la revolución sexual, ahora ésta se transformó en libertinaje.
El abuso sexual de los niños es, por supuesto, un delito abominable. Sin embargo, tengo la impresión de que en estos casos hay una serie de confusiones peligrosas. La primera de ellas —y que tanto Vargas Llosa como Le Pen no se molestan en esclarecer— es que la pederastia y la homosexualidad no son lo mismo. Sugerir que todos los homosexuales quieren acostarse con niños no es sólo una confusión: es una estigmatización canalla.
También creo que detrás de estas condenas absolutas se esconde una doble moral. En el caso de Mitterrand, por ejemplo, la extrema derecha francesa ha encontrado una excusa para atacar a sus adversarios. Juzgan a una persona que tiene una responsabilidad moral —pero que no es un criminal— y piden su cabeza para ganar una batalla política. Y en el caso de Polanski: ¿debería pagar este por una falta que, está comprobado, no tuvo ninguna consecuencia grave y que la misma víctima perdonó? Tal vez quienes lo condenan no están realmente preocupados por el bienestar de los niños: sólo quieren dormir tranquilos, pensando que los monstruos están encerrados.
La confusión es aún peor en el caso de los activistas mexicanos. Si realmente creen que la literatura y la explotación sexual de menores son equivalentes, entonces deberían prohibir la lectura de unos cuantos libros. Podrían comenzar por Lolita de Nabokov y de ahí podrían seguir hasta las tragedias de Eurípides, en donde, por cierto, también hay incesto.
Tampoco estoy de acuerdo con Vargas Llosa. No creo que la liberación de las pulsiones sexuales sea necesariamente el síntoma de una crisis moral. Creo que las sociedades que miran a la cara a sus propios apetitos y los confrontan, en vez de reprimirlos, son las más sanas.
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