Opinión |5 Nov 2009 - 5:44 pm
El libro de Ana Carrigan
Por: Augusto Trujillo Muñoz
No sólo la dimensión de la tragedia sino sus implicaciones en el funcionamiento de la democracia colombiana han hecho de la toma del Palacio de Justicia un tema sensible para los ciudadanos.
Además la circunstancia de que, pasado casi un cuarto de siglo siga sin conocerse la verdad verdadera, resalta aún más la importancia de los estudios e investigaciones, de entonces y de ahora, sobre aquel episodio brumoso.
No es extraño. Los magnicidios en Colombia han quedado en la impunidad. Álvaro Gómez, Galán, Pizarro, Gaitán, Uribe Uribe, en fin, son eslabones de un trágico suceso que ensombrece nuestra historia. Le incorpora una carga de emociones negativas, de elementos confrontacionales y, sobre todo, de desconfianza en la capacidad de las instituciones para perseguir el delito y para garantizar la convivencia en la diversidad.
Esa es la otra tragedia: el país mantiene un rumbo, inconveniente y peligroso, hacia la polarización. Ni siquiera se intenta el debate democrático en función de lograr acuerdos mínimos que puedan ir ampliándose hacia la construcción de un país en que quepamos todos. Esta sociedad es cada día más desigual, menos tolerante, más excluyente. Ha perdido su conciencia comunitaria. Y tanto en la cúpula como en la base se erosiona la solidaridad en términos que están haciendo involucionar la política.
Alguna vez lo escribió el profesor Antonio García: la misma nación a la que sus partidos no formaron para la democracia ni para la ciudadanía, ha sido incapaz de llevar ese drama al plano de su propia conciencia. Pero lo más grave de semejante proceso no es sólo su costo en sangre inocente, en deterioro de principios y en degradación de valores, sino la incapacidad de comprender esa historia y de asimilarla como una experiencia.
Con ese enfoque hay que mirar el libro sobre la tragedia del Palacio de Justicia, de la periodista colombo-irlandesa Ana Carrigan, presentado en Bogotá el martes anterior. Conozco a Ana desde hace varios años. Desciende de una estirpe cuyos miembros sirvieron al país en escenarios diversos. El dirigente cafetero Rafael Parga Cortés, tío suyo, fue gobernador del Tolima durante la república liberal y senador en los albores del frente nacional.
Ana es una investigadora seria, idónea, responsable. Realizó exhaustivo examen sobre lo acontecido en aquellos dos trágicos días y lo consignó en su libro, cuya edición en español contiene información nueva, allegada por la autora después de la primera edición en inglés. Es un libro que contribuye a asimilar aquella experiencia desde la claridad de la investigación y la transparencia del mensaje.
Veinticinco años después, la tragedia está viva porque no ha habido justicia. Como no la habido en tantos otros crímenes que registra el suceso de paradojas y contradicciones que es nuestra propia historia. El libro de Ana Carrigan analiza y denuncia. Pero también induce a una reflexión en torno a la justicia, a la política, a la misma vida diaria de los colombianos. Más allá de las instituciones democráticas, se requiere decisión, dirigente y ciudadana, para interiorizar la democracia como sistema de vida. Eso es lo que nos falta: asumir la democracia como una cultura.
*Ex senador, profesor universitario.
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