Por: Mario Fernando Prado

En defensa de las “narco-novelas”

INJUSTOS RÍOS DE TINTA Y HIEL han llovido sobre RCN y Caracol TV con motivo de las series El Capo y Las Muñecas de la Mafia. Y antes contra Sin tetas y otras telenovelas más que tratan de lo mismo.

Que es mala prensa para Colombia. Que es una apología del narcotráfico. Que es un mal ejemplo para la juventud. Que esos culebrones no aportan nada a la civilidad y a la desviolentización que requiere nuestro país. Que aquí hay cosas mejores para mostrar.

Sin embargo, muy pocos se han detenido a reconocer las magníficas producciones que ya es capaz de hacer nuestro país, los buenos actores que allí aparecen o se perfilan y el punto alto que en materia de televisión está imponiendo Colombia como antesala al buen cine que también estamos realizando.

Es inútil tapar el sol con las manos: aquí se da el narcotráfico como flor silvestre. Como en Estados Unidos se dieron los Western en el Lejano Oeste. Como en Cuba el cine social o socialista. Como en Argentina el tango y el arrabal, y así la lista sería interminable.

Cada país hace el cine con la temática que le es más afín y qué le vamos a hacer. Por otra parte, estoy en desacuerdo con la tal apología del dinero fácil, del traquetismo y de las prepagos, que dicen fomentar las telenovelas que nos ocupan, porque el epílogo de estas producciones es fatal.

Cualquier persona que se detenga a analizar el desarrollo de las telenovelas de marras verá capítulo tras capítulo cómo se les enreda y acaba la vida a quienes “disfrutan” del sórdido mundo del narcotráfico y afines. Los capos, capados. Los traquetos, trapeados. Los lavaperros, enchandados. Las prepago, “putiadas”. No queda títere con cabeza. Todos terminan quebrados, arruinados, encarcelados, deportados, enfermos o tirados en una alcantarilla cuando no picados con sevicia y perversidad.

La gran conclusión es que la apología que les endilgan a las “telebobelas” es falsa y ficticia, porque se sobreviene tal cadena de desastres y miserablezas que nadie va a querer seguir ese camino.

Finalmente, es la ley y el Estado de derecho los que acaban imponiéndose con la cárcel, con la muerte o con el despojo económico que deja todo convertido en cenizas. ¿Dónde está entonces la tal apología del delito?

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