Opinión |7 Nov 2009 - 11:59 pm

Miguel Ángel Bastenier

Por “el alma de América Latina”

Por: Miguel Ángel Bastenier

EL LATINOAMERICÓLOGO ‘IN-RESIdence’ de The Economist, Michael Reid, publicó hace dos años un excelente volumen sobre una presunta pugna por lo que llamaba “el alma de América Latina”.

Estos días dos acontecimientos de relieve regional se inscriben en ese forcejeo, que refuerzan la división antes que la evolución hacia algún tipo de unidad del mundo iberoamericano. Son la firma del acuerdo sobre las bases colombianas y el principio de solución de la crisis hondureña.

¿Qué cambia, suma o sustrae en el panorama latinoamericano el derecho de uso concedido a Estados Unidos de siete bases militares colombianas? En lo material, nada o casi nada. Desde hace años que hay soldados norteamericanos en el país, asesores, si así queremos llamarlos, en lugar de tropas de combate, y la adición de 800 soldados y 600 contratados ni va a significar la derrota definitiva de las Farc, ni proyecta amenaza alguna sobre Venezuela. Cuando el presidente Chávez muestra documentos que nos jura que prueban la existencia de vastos movimientos del espionaje colombiano contra Venezuela, está jugando su carta para tratar de contrarrestar la publicación del contenido de los computadores de Raúl Reyes; y, de igual manera, cuando afirma que las bases constituyen una amenaza militar ni él se cree lo que dice, sino que aprovecha la oportunidad para atacar al presidente Uribe y excitar el instinto latinoamericano básico contra Washington. El acuerdo con Estados Unidos es, en realidad, un favor que nunca agradecerá bastante el líder bolivariano, porque le permite atacar a la vez a sus dos íncubos familiares, Colombia y Estados Unidos.

¿Entonces, si tan poco gana en la guerra contra el terror, qué mueve al presidente Uribe a disgustar a una parte de América Latina, que aborrece la idea de bases extranjeras en su suelo? Demostrar que con Obama las relaciones pueden ser tan buenas como con Bush 43; forzarle la mano al presidente norteamericano facilitándole la sustitución con ventaja de la base perdida de Manta en Ecuador; y ‘enjabonar’ la eventual aprobación del TLC en el Congreso de Estados Unidos.

En Honduras, paralelamente, la crisis se ha resuelto con la derrota del chavismo. Los vencedores indiscutibles han sido quien dio el golpe, Roberto Micheletti, y el presidente que quería dejar sin efecto ese mismo golpe, Barack Obama. El hondureño, cazurro y maniobrero, un artista del ‘veremos’ y consumado maestro del perder tiempo, puede que no haya obtenido todo lo que buscaba: no ver nunca más a Zelaya en la presidencia, pero si se produce la reposición en el cargo del chavista hondureño será sólo, como se acordó en las negociaciones de Tegucigalpa, tras la aprobación del Congreso después de las elecciones presidenciales del 29 de noviembre. Obama, en cambio, lo ha obtenido todo: desautorización moral y legal del golpe de Estado, del que se ha visto obligado a abjurar el presidente de facto; y, al mismo tiempo, si hay un Zelaya II será únicamente pro forma. Así, el líder derrocado, que seguramente acariciaba la idea de presentarse algún día a la reelección, volvería para ser presidente sólo unas semanas hasta el 29 de enero, en que tendrá que dar el relevo al presidente electo, con el colofón de que cualquiera de los dos grandes candidatos, de los partidos Nacional y Liberal, quieren tanto a Chávez como la derecha colombiana. La democracia no lo ha perdido todo porque el golpe en lo moral y en lo litúrgico no ha podido triunfar, pero Chávez, sí que ha sido derrotado, porque va para largo que Honduras salga un día de la órbita norteamericana, como parecía que perseguía Zelaya.

Y ambos acontecimientos, al margen de las motivaciones de los actores, Uribe, Zelaya, Chávez, Micheletti, surten efectos sobre el alineamiento del poder en el mundo iberoamericano, dando lugar a una nueva e incipiente jerarquía, un agrupamiento político que insinúa un sistema de equilibrio no tan distinto de lo que en el siglo XIX europeo se llamó el concierto de las potencias.

Cabría distinguir hoy tres agrupamientos razonablemente perfilados. El primero es el bloque chavista formado por Venezuela, Bolivia, Ecuador —este último cada vez con menos reticencias hacia Caracas, en parte porque los poderes de siempre se obstinan en ver al presidente Correa como un enemigo— y Nicaragua, con Paraguay a las puertas, pero aquejado de tantos problemas y con un vecino tan poderoso como Brasil, que mejor hará su presidente Fernando Lugo en ocuparse de su casa antes de mirar al exterior; la Argentina del matrimonio Kirchner en acrobática relación de poco creíble amistad con Venezuela, pero con unas elecciones legislativas en el horizonte que pueden darle de baja antes mismo de haberse apuntado; y si ustedes quieren, incluso la Cuba todavía castrista. Y todos ellos sujetos por un único pegamento: el antinorteamericanismo. El segundo bloque lo formarían los países de izquierdismo bon enfant, capitaneados por Brasil con el presidente Lula; Chile de la mano de Michelle Bachelet, pero también con una presidencial en camino que lo podría cambiar de casilla; la misma Argentina, fuertemente recuperable un día para este alineamiento; Uruguay, si gana el próximo día 29 el ex tupamaro José (Pepe) Mujica; más Guatemala, El Salvador y Costa Rica, presididos por socialdemócratas autoproclamados. Y, finalmente, tenemos el grupo de centro-derecha pro norteamericano integrado por Colombia, Perú —¡qué diría Haya de la Torre!— y Panamá, con la Honduras “posZelaya”, recluta en ciernes. Y más allá, el indiscutible artista del alambre, que consigue estar igual de bien con unos y otros, el presidente Leonel Fernández de República Dominicana. Caso aparte sería, por último, México que hace como si no perteneciera a América Latina, de tal que es su obsesión por Estados Unidos, aunque Felipe Calderón y el Pan se alinearían sin esfuerzo con Colombia y Perú, si no fuese que por hoy prefiere hacer rancho aparte.

En esa escala de poder y jerarquías, Colombia no está ni aislada, ni suficientemente integrada. El interés de Quito en restablecer relaciones con Bogotá prueba que, además de que Correa no recibe órdenes ni imita al presidente venezolano, sigue siendo valiosa la conexión norteamericana de Bogotá. Colombia tiene su propia agenda y el presidente Uribe ha hecho un poco como su homólogo egipcio Anuar Sadat, quien en los años 70 optó por una relación todo lo especial que fuera posible con Washington, aunque en detrimento del peso de que pudiera gozar en el mundo árabe. Y otro tanto hace Colombia que ha optado por mantenerse a alguna, pero no insalvable, distancia de una América Latina que, al menos retóricamente, habla de unificación. Es difícil determinar qué política es la mejor para Colombia, pero si algún día las Farc son plenamente derrotadas, no parece que pueda haber otro futuro que en acuerdo con la mayoría de sus vecinos. Hay quien cree que ahí está “el alma de América Latina”.

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