Opinión |8 Nov 2009 - 7:47 pm
El ilusionista
Por: María Elvira Bonilla
UNA VOZ VALEROSA SE ESCUCHA EN el Valle del Cauca.
La del contralor departamental Carlos Hernán Rodríguez, quien se ha propuesto controlar la melagomanía del gobernador Juan Carlos Abadía que lo ha llevado a gastarse en publicidad —vallas, avisos de prensa, cuñas radiales y un canal de televisión que tiene a su servicio— la escandalosa suma de $10.000 millones en lo que va del año. Y más escandaloso aún si se recuerda que cerró su primer año de gobierno con un déficit de $48.000 millones.
Juan Carlos Abadía, un muchacho ambiciosos y afanado que a sus 30 años ya se ve Presidente de la República, con Álvaro Uribe como referencia e ídolo. Uribito, el ex ministro de Agro Ingreso Seguro, es un tímido aprendiz al lado suyo. Imita al Presidente en los consejos comunales que realiza en los municipios en donde promete en directo por televisión lo que no tiene. Incapaz de someterse a las restricciones de unas finanzas departamentales desfondadas, encontró la manera, con la complicidad del secretario de Hacienda Ezequiel Lenis, de acceder a recursos adicionales provenientes de vigencias futuras hasta el año 2020, en contravía de los lineamientos de la División de Apoyo Fiscal del Ministerio de Hacienda.
Nada lo detiene. Formado en la escuela cínica de que el fin justifica los medios, Abadía es producto del terremoto del ambiente y mentalidad que se han tomado crecientemente al país luego del Proceso 8.000, la penetración de los dineros de la mafia y la acción violenta del paramilitarismo. Políticos jóvenes que pelechan regionalmente desde donde construyen las bases de su aparato de poder, haciendo todo el recorrido desde el concejo municipal, que presidió durante la negra noche de la alcaldía de Apolinar Salcedo y la Asamblea Departamental.
Actúan sin propósito distinto al de avanzar políticamente a cualquier precio y sin talanqueras, como lo ha hecho Abadía con éxito en el Valle. Práctica absolutamente perversa y nociva para cualquier democracia. La receta: combinar reuniones políticas con música y aguardiente, modelitos y ron, papayera y vallenato para perpetuar el analfabetismo político y asegurar el gamonalismo como mecanismo electoral; tomarse las entidades territoriales —tipo CVC en el Valle— para aprovechar su músculo económico y su capacidad de contratación; manejar los medios de comunicación institucionales como propios y cooptar los demás con pauta publicitaria, con la Personería y la Contraloría jugando a su favor.
Abadía ha sido un refinado ejemplo de este coctel de recursos públicos puesto al servicio de su imagen y de su carrera política. Hasta mediados del año gozaba de una favorabilidad del 82%. Sin embargo, los excesos de vanidad, unidos a la voz valiente del contralor departamental, empiezan a pasarle la factura. En la última encuesta cayó 15 puntos. Y no es para menos. Según el último informe de los objetivos del milenio trazados por la ONU para superar la pobreza y la inequidad social y de género, el Valle presentó un preocupante retroceso y comparte la posición de colero junto a Chocó, Vaupés y Guanía, mientras su gobernador se ahoga, como un ilusionista, en su autobombo. A la realidad finalmente le rueda el maquillaje.
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