Opinión |14 Nov 2009 - 11:00 pm
El nuevo regenerador
Por: Alejandro Gaviria
EL PRESIDENTE VENEZOLANO, HUgo Chávez, se presenta frecuentemente como la encarnación del libertador Simón Bolívar, como el continuador de su obra, de sus sueños de libertad y grandeza.
A menor escala, sin alcanzar los extremos delirantes del mandatario venezolano, el ex presidente argentino Néstor Kirchner ha querido presentarse como el sucesor de Perón, como el heredero de una figura única, una luz duradera en medio de una historia de sombras. Como lo ha dicho, por ejemplo, Antonio Caballero, el presidente colombiano, Álvaro Uribe, quiere mostrarse como una versión moderna de Rafael Núñez, el regenerador. “Una democracia moderna —dijo el presidente Uribe en 2005— necesita seguridad con alcance democrático, por la que luchó Núñez... necesita cohesión social, la que él avizoraba a través de sus tesis económicas”.
En particular, el presidente Uribe parece identificarse con la figura de Rafael Núñez creada por el historiador y diplomático Indalecio Liévano Aguirre. En una biografía publicada en 1944, Liévano describe a Núñez como un héroe incomprendido, víctima de un grupo de ideólogos superficiales, de una camarilla de opositores intransigentes: “El fruto de la insensatez de unos colocado al servicio de la perversidad de otros”. Para Liévano, Núñez fue la autoridad en medio del caos. El pragmatismo conciliador en medio de la cerrazón ideológica. Una fuerza centrípeta, centralizadora en medio del desgarramiento del federalismo. Un visionario capaz de entender, en una coyuntura histórica definitiva, la importancia de “gobiernos vigorosos, identificados con las mayorías populares”.
Las coincidencias entre la biografía de Liévano y el discurso oficial no dejan dudas sobre la influencia del héroe trágico creado por el ex canciller liberal en el gobierno del presidente Uribe. En el capítulo cuarto de la primera parte, refiriéndose a las primeras ocupaciones burocráticas de Núñez, Liévano escribe que “los graves problemas requerían la atención de una inteligencia superior”. Más adelante, al final de la primera parte, Liévano describe las tribulaciones de “un hombre genial salido de las filas del liberalismo” que se vio obligado “a abandonar las sendas de la política normal” para hacer “lo que la opinión pedía a gritos y la salvación del país demandaba imperativamente”. En la fábula de Liévano, el héroe incomprendido venció todos los obstáculos y triunfó ante el pueblo y ante la historia.
En el Núñez de Liévano, leído y recomendado por el presidente Uribe, hay una justificación casi perfecta a su empecinamiento, a su tendencia a justificar medios dudosos en la búsqueda de fines superiores. En la segunda parte, Liévano cita una interesante reflexión postrera de Rafael Núñez: “Una vez consumada la obra, la generalidad del país, que no pertenece con frecuencia a los partidos, la aplaude y la apoya decididamente, absuelve las ilegalidades cometidas para realizarla, glorifica al autor… y se recela de los oponentes por más que los oiga invocar los más elevados principios como causa de su resistencia”.
Pocas veces un libro, una biografía en este caso, ha tenido tanta influencia en las palabras y en las obras de un gobierno. Aparentemente el presidente Uribe encontró en el Núñez de Liévano no sólo un modelo, sino también una justificación para sus ambiciones de poder y sus constantes desafueros.
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