Opinión |15 Nov 2009 - 6:49 pm
Presidente radical o moderado
Por: Álvaro Forero Tascón
LA VIOLENCIA DE MITAD DEL SIGLO pasado generó una prevención frente a políticos de corte radical como Laureano Gómez y Jorge Eliécer Gaitán, que hizo que la tradición política colombiana se inclinara por líderes de carácter moderado. Eso le permitió apartarse de la tendencia caudillista de América Latina, donde el radicalismo llegó a grandes excesos de represión y populismo.
Pero la misma violencia modificó esas condiciones políticas en el siglo XXI, permitiendo que llegara al poder un presidente como Álvaro Uribe, de un marcado radicalismo tanto en su estilo de gobernar como en la sustancia de sus políticas. En materia de diplomacia y seguridad, de un fervor anticomunista propio de las dictaduras militares de la Guerra Fría. En el frente económico, de una fe en el mercado de proporciones reaganianas. En el plano institucional, obsesionado con la personalización del poder al mejor estilo caudillista. En lo social, con una inclinación al asistencialismo de tamaño neopopulista.
El radicalismo uribista ha generado una enorme polarización política porque sus resultados son igualmente radicales: además de los positivos, ejecuciones extrajudiciales alarmantes, estado de preguerra con Venezuela, espionaje político, promoción de la informalidad económica y el desempleo, corrupción desbordada de la clase política, desinstitucionalización aguda, concentración de poder exagerada. Sin embargo, para las mayorías Uribe no es un extremista, sino un líder a la altura de las circunstancias extremas que le correspondieron, porque están obsesionados con las Farc y no les importa que el gato sea blanco o sea negro mientras cace ratones.
A pesar de que los daños colaterales propios del radicalismo tienden a ser justificados por los buenos resultados, la realidad muestra otra cosa. Un excelente análisis de Mauricio Cárdenas sobre un estudio de Dalgaard y Olsson en materia de cohesión política en el mundo, encuentra que de los incluidos en la Encuesta Mundial de Valores, Colombia es uno de los seis países con peores niveles de cohesión social, entendida ésta como bajo extremismo en la afiliación política de los ciudadanos. Junto con México, Colombia es el país con más alta polarización política en América Latina, pues tiene el mayor porcentaje de encuestados que se declara de extrema derecha, con una cifra impresionante de 24,8%, mientras que en los países desarrollados ese promedio no llega a 3%. El estudio demuestra de manera contundente que la polarización política, hija del radicalismo, no va de la mano del progreso económico. Por el contrario, “la moderación política favorece el crecimiento económico, y viceversa”.
La tesis reeleccionista sostiene que un gobierno menos radical que el de Uribe pondría en riesgo los logros de éste. La tesis de los contradictores del uribismo tendría que ser la contraria: que buena parte de la solución a algunos de los principales problemas actuales se resolverían simplemente con moderación. Con una política exterior moderada, una política tributaria moderada, una relación con los otros poderes públicos moderada, un manejo de la opinión pública moderada. En la coyuntura histórica de 2002 quizá tuvo sentido recurrir a recetas políticas radicales, como lo tiene hoy recurrir a soluciones políticas moderadas.
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