Opinión |17 Nov 2009 - 9:46 pm
El muro metafísico
Por: Andrés Hoyos
EL MURO FÍSICO DE BERLÍN CAYÓ hace veinte años, pero el metafísico sigue en pie, aunque con boquetes.
Digamos, para complicar las cosas, que esta versión del muro no cruza por la mitad de Berlín, sino por la mente de mucha gente, gente apasionada, gente de buenos sentimientos, gente bienpensante.
Al igual que los muros físicos, el metafísico divide al mundo de forma tajante: bueno es el Estado, malo es el mercado; bueno es el trabajador, malo es el empresario, y así. Cuando las cosas son buenas o malas, sólo sirve la aniquilación total del contrario. Antes esto se lograba mediante una revolución sangrienta, idea que en la actualidad está tan desprestigiada que los maniqueos no se atreven a invocarla en pleno. ¿Cuál es entonces la alternativa? No la dicen, aunque por inercia —de ahí el muro mental— siguen anclados a las “soluciones” del pasado.
Piénsese, por ejemplo, en una empresa o institución del Estado que exija eficiencia a sus empleados, que presente resultados cuantificables según indicadores valederos y que se reinvente en aquellas materias en las que los resultados no son satisfactorios. Pues bien, para los afectados por el muro esto es un imposible. Piensan (sin decirlo en tantas palabras) que como el Estado es bueno por definición, no se le puede exigir que sea mejor y mucho menos se le puede obligar a serlo. Esto equivale a privatizarlo. ¿Por qué? Pues porque los procedimientos de control descritos son en realidad capitalismo encubierto, mercado disfrazado.
A estas mentalidades no les cabe en la cabeza un ejemplo exitoso de economía mixta como la poderosa petrolera brasileña Petrobrás. ¿Será que les parece preferible, digamos, el muy dramático caso de Luz y Fuerza en México? Esta empresa pública fue fundada en 1881 y durante más de un siglo transmitió, distribuyó y comercializó electricidad en el centro del país. Sin embargo, la acaban de liquidar a causa de unos indicadores catastróficos. Aseguran los nostálgicos que la empresa no murió solo por los costos astronómicos que implicaban su ineficiente burocracia y su sindicato voraz, sino que el Estado y muchas empresas privadas le debían cuentas millonarias. La perogrullada dice: si no amenazas con cortar el servicio, no te pagan. Según eso, la empresa murió de complicación de males: tenía un cáncer terminal en el hígado y además un enfisema avanzado. El problema que obligó a la liquidación de Luz y Fuerza hubiera podido subsanarse con reformas, como se subsanó en 2004 el de EDF, la colosal empresa de energía francesa que tiene un modelo mixto (utilidades en 2008 de 3.400 millones de euros) o como se subsanó en 1992 el de ENEL (utilidades en 2008 de 5.293 millones de euros), la gran electrificadora italiana que hoy es propiedad de 2,3 millones de accionistas, entre ellos el Estado italiano con cerca de un 30%. Ambas empresas pagan cuantiosos impuestos y la parte pública pasa sus dividendos al fisco.
No existe un modelo único: hay cosas que funcionan y cosas que no. La solución debe depender de las circunstancias. A veces conviene que el Estado dirija, digamos cuando hay energía nuclear involucrada, a veces no. Lo que en últimas importa no es el modelo de propiedad, sino el porcentaje del PIB que se recauda en impuestos. No obstante, los espíritus maniqueos se oponen de patas y manos al modelo mixto. ¿Por qué? Porque sigue estando prohibido cruzar el muro metafísico.
Convendría tumbar ese muro también.
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