Opinión |21 Nov 2009 - 12:54 am
El silencio y la luz
Por: Julio César Londoño
LA VISIÓN HA SIDO SIEMPRE EL SENtido clave. Por eso cuando Sócrates le pregunta a Fedro cuál ojo preferiría perder, el derecho o el izquierdo, Fedro no titubea: “Los dos de su mamá, maestro”. (Fedro, o de la belleza).
Verídica o apócrifa, la anécdota revela la importancia que la especie le ha atribuido a los ojos desde la antigüedad. Todos los mercaderes los halagan, los publicistas los acosan, los diseñadores los miman y las metáforas los enaltecen. Para decir que Margarita es la preferida de su padre, decimos que es “la niña de sus ojos”. Para subrayar la profundidad de cálculo de una persona decimos que es “visionaria”; el talentoso es “brillante”, el prudente “previsor” y el profeta “clarividente”. Para reemplazar el sustantivo honradez —raído y sospechoso— Gorbachov dijo glasnost, “transparencia”, y la palabreja pegó.
Hasta hace poco se pensaba que la visión se producía por unos rayos que salían de los ojos, algo como la visión telescópica de Supermán. Fue en épocas recientes que comprendimos el funcionamiento del ojo, y tuvimos que esperar hasta Newton y Goethe para tener una teoría decente del color.
Ahora sabemos que los rayos entran al globo ocular por la pupila y estimulan los conos y los bastones, las células fotosensibles que componen la retina. Luego el nervio óptico encripta este mensaje en pulsos eléctricos, lo envía a las profundidades del cerebro y allá, en silencio, se decodifican los pulsos y se hace la luz.
Los bastones leen la penumbra y presentan sus informes en la rica gama del gris. Los conos dan cuenta del día y del color, de las flores, las modas, las gemas, el arco iris y el tucán. Hay conos para el azul, para el rojo y para el verde.
A pesar de la perfección del mecanismo, los ojos son unos traidores redomados. Nunca nos muestran las cosas completas ni al derecho ni con sus verdaderos colores: los recién nacidos lo ven todo patasarriba, y esta es la principal causa de sus problemas de motricidad. Con los días aprenden a enderezar el entuerto, descubren que lo que ven abajo está arriba; pero los ojos nos siguen mostrando, hasta el fin, una imagen invertida del mundo, con el cielo abajo y la tierra arriba, como en cualquier cámara oscura.
Tampoco vemos nada completo. Todas nuestras imágenes tienen un hueco negro arriba, a la derecha. La rosa, el crepúsculo, el Taj Majal y el rostro de Keira Knightley tienen un hueco negro arriba a la derecha porque en la retina hay una zona sin conos ni bastones: el punto donde empata el nervio que lleva los mensajes a las profundidades del cerebro. Por fortuna nuestro instinto estético subsana las cosas y completa la imagen con los colores y las formas del contorno.
Tampoco podemos estar muy seguros de los colores. La superficie de un objeto azul, demos por caso, es una película cuya estructura molecular absorbe todos los colores de la luz blanca y refleja el componente azul. O sea que ese objeto es de todos los colores menos azul.
Además el color depende de la luz. Si se ilumina una habitación oscura con un mechero de alcohol, digamos, los colores de los objetos cambian. Para no enredarnos hemos convenido en darles a los colores el nombre de la radiación que rechazan al ser iluminados con luz blanca y punto, porque en este mundo color nada es verdad ni se mira, todo es según el traidor del cristal con que mentía.
En su Historia natural Plinio el Viejo cuenta que la palabra “pupila” significaba “muñequita” en latín porque cuando los médicos romanos examinaban el iris de sus pacientes veían siempre una muñequita, su propio reflejo (esta etimología prueba que la estupidez de los médicos es de antigua e ilustre prosapia).
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