Por: William Ospina

Por espejo y en enigma

UNO DE REPENTE SE SORPRENDE EN la irrealidad.

El tono de los titulares de los diarios y de los discursos de nuestros gobernantes en los últimos tiempos nos hace sentir que la historia, que entre nosotros hace tiempos no resuelve nada, sí es capaz de empeorar y de agravarse hasta lo indecible.

No sé si los presidentes Chávez y Uribe piensan de verdad, como lo sostienen sus adversarios, que el lenguaje de la provocación, el agravio y la amenaza de guerra les promete beneficios políticos en el común propósito de prolongar sus respectivos mandatos. Ambos les hacen daño a sus países y al continente, admitiendo siquiera la posibilidad de un enfrentamiento entre dos naciones que hace tiempo deberían haber unido de nuevo sus destinos en una gran cantidad de temas, dando ejemplo de fidelidad al sueño integrador de Simón Bolívar.

Uribe dirá que quien utiliza un lenguaje bélico es el presidente venezolano; que su gobierno, en cambio, trata de no responder a las agresiones y de bajarle el tono a la animosidad de los discursos. Pero la verdad es que mientras Chávez utiliza el lenguaje como principal instrumento, Uribe utiliza los hechos. Es verdad que Uribe no insulta verbalmente a Chávez, y que en los últimos tiempos no se deja arrastrar por la indignación ni por la ira, pero ahí está el acuerdo militar con los Estados Unidos, inútil, provocador y vergonzoso para los colombianos, como prueba de que en vez de palabras ofensivas prefiere utilizar gestos inamistosos y hechos graves que desgastan la confianza y afectan la tranquilidad de los vecinos.

“No tienen razón para sentirse amenazados”, dice nuestro gobierno, “pues el acuerdo sólo se propone combatir el narcotráfico y el terrorismo, y no es de ninguna manera una avanzada para invadir países vecinos ni para conspirar contra ellos”. Pero quienes han estudiado el tratado no están tan seguros de que no se estén brindando a los Estados Unidos excepcionales condiciones para actuar contra gobiernos y estados que les parezcan sospechosos, peligrosos o indeseables.

Buena prueba de que el acuerdo es dañino y odioso está en que no solamente Chávez lo rechaza: buena parte de los gobernantes de América Latina lo miran con ojos de recelo, empezando por Lula da Silva, a quien nadie considera un terrorista ni un energúmeno. De modo que Uribe objetivamente está participando de la provocación, para argumentar después que son los otros los que ofenden y agreden.

Pero eso no significa que la actitud de Chávez sea razonable. La mera amenaza de guerra lo pone en igualdad de condiciones con aquellos que lo desafían y lo hacen sentir amenazado. Venezuela tiene derecho a quejarse de la indeseable presencia de los norteamericanos en el vecindario, pero ambos gobiernos tienen el deber de impedir a toda costa el conflicto y los tremendos costos sociales que la mera crispación de los ánimos produce en los pueblos. En momentos de crisis los defensores de la civilización deben anteponer la serenidad y la firmeza a cualquier tono exaltado y ofensivo.

Uribe y su gobierno han dicho que el tratado con los Estados Unidos no agrega nada a lo que ha sido la cooperación militar con Colombia desde hace cincuenta años. Con mucha razón Lula le replicó en Bariloche que si en cincuenta años esa cooperación ha dado tan pobres resultados como los que conocemos, más le valdría intentar otra cosa.

Yo suelo preguntarme si de verdad el uso de las bases militares colombianas habrá sido una iniciativa del gobierno norteamericano, o si es una oferta colombiana que los militares del norte, e incluso el gobierno de Obama, difícilmente podían rechazar. No parece corresponder a la filosofía política de Barack Obama, reafirmada en todos sus discursos, la misma que animó a los jurados a concederle el Premio Nobel de la Paz, esta intervención en el sur, torpe y ofensiva en primer lugar para los colombianos, que crea un innecesario malestar en buena parte del continente.

Más pierden que ganan los Estados Unidos con esta odiosa prolongación del estilo de gobierno de George Bush. Es más, si ni siquiera bajo Bush se atrevieron a tanto, ¿de qué les servirá justo ahora alborotar un avispero que aparentemente a nadie beneficia?

Lo único que uno puede pensar, en medio de la confusión y del caos de una época en que todo lo sabemos a medias, es que, o los gobernantes son muy torpes, o los intereses en juego son aún más secretos, y que son muchas las cosas que no se dicen. Una guerra con Colombia arruinaría para siempre el discurso pretendidamente integrador y bolivariano de Hugo Chávez. Una guerra con Venezuela convertiría a Uribe en el presidente que recibió el país con una guerra interna y lo entregó con varias guerras por dentro y por fuera del territorio. Y una guerra entre Colombia y Venezuela sería el comienzo del fin de la primavera de esperanza que Barack Obama parecía traer al mundo, el fin de su misterioso idilio con la humanidad. ¿A qué están jugando entonces todos ellos?

Es verdad que vivimos la vida en borrador. Es verdad que, como decía el apóstol, vemos por espejo y en enigma. Y es amargamente cierto que en este mundo la gente verdaderamente previsiva tiene que contar con lo imprevisible.

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