El caso de Nicolás Castro

Resultan exageradas, hasta el punto de la ridiculez, las medidas emprendidas por las agencias estatales en el caso del joven Nicolás Castro.

En primer lugar, quiero señalar que no existen precedentes legales con respecto a este tipo de casos. En este sentido, sorprende la rapidez con la que respondieron las autoridades. En tan sólo cinco meses, la Fiscalía y la Policía, y hasta el FBI, trabajaron exhaustivamente, infiltrando las comunicaciones del estudiante de bellas artes.

Y finalmente, en menos de 24 horas le dictaron medida de aseguramiento, lo capturaron, lo llevaron ante un juez de garantías y lo recluyeron en La Picota.  ¿Por qué tanta prisa? ¿Si se trata de un caso sin precedentes, por qué no tomarse un tiempo y analizar las posibles condenas? ¿Por qué no se tiene la misma celeridad y eficacia investigando crímenes de lesa humanidad?

Nicolás Castro se merece el rechazo de la comunidad y el escarnio público por sus actuaciones irreflexivas. Pero debemos tener en cuenta que se trata al fin y al cabo de un hijo de su tiempo. Un joven que creció en una década caracterizada por los altos grados de polarización. Una década en la cual el establecimiento y la oposición perdieron las nociones de tolerancia y republicanismo, y llegaron a insultarse, a utilizar ofensas como “le pego en la cara marica” y descalificativos como “Uribe fascista, usted es un terrorista”.

Lo sucedido esta semana es sólo un reflejo del clima de polarización que se vive en el país. También son reflejo de esta situación otros grupos que manifiestan sus deseos de asesinar líderes de la oposición como Gustavo Petro o Carlos Gaviria y que, en el caso de Piedad Córdoba, incluyen descalificativos gravísimos contra las mujeres y los afrocolombianos.

Que este caso nos sirva para reflexionar sobre los peligros que puede acarrear este tipo de radicalización de la política y de las opiniones.

 Tatiana Acevedo. Bogotá.

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