Opinión |23 Dic 2009 - 11:29 pm
El espíritu en la máquina
Por: Klaus Ziegler
El 5 de diciembre de 2006 quedó en claro que el mejor ajedrecista del planeta ya no será de carne y hueso.
Ese día Deep Fritz aprovechó cada pequeña falta, cada error táctico de Vladímir Krámnik, el campeón mundial del momento, para pulverizarlo, en un encuentro pactado a seis partidas (y un premio de un millón de dólares para el vencedor y medio millón para el perdedor), denominado “el match por el orgullo de la humanidad”, que finalizó con un resultado de cuatro partidas en tablas y dos a favor de la máquina.
Durante el transcurso de la tercera partida Deep Fritz sacrificó un peón para lograr un mejor desarrollo de sus piezas a pesar de que por lo general el juego de una máquina evita aquellas posiciones de inferioridad material. Tras la réplica del joven ruso, el autómata, en vez de atacar en forma impulsiva como todos esperaban, realizó una jugada defensiva, vacilante, como quien trama una celada. El silencio se apoderó de la sala; Deep Fritz parecía “pensar”. Krámnik, desconcertado ante su adversario, un golem frío y sin rostro capaz de jugar con el genio de Alekhine y la imaginación de Capablanca, pudo a duras penas lograr las tablas después de 44 agotadores movimientos.
La historia de las maquinas que juegan al ajedrez se remonta a finales del siglo XVIII, época en que el barón Wolfgang von Kempelen construyó el primer autómata. El artilugio consistía de una gran caja cuyo interior, se suponía, estaba lleno de complejos mecanismos de relojería, y un tablero dispuesto sobre la tapa superior. Detrás de la caja, y de cara al público, había un muñeco de madera, apodado El Turco por su gran mostacho y su característico turbante, provisto de brazos articulados, que anunciaba cada jaque con un ruidito característico. Su nivel de competencia era respetable, aunque algo inferior al de los grandes maestros de la época.
Edgard Allan Poe fue el primero en sospechar que el tosco artefacto debía ser un fraude, pues cometía errores típicos de los humanos. Una tarde se reveló el engaño: mientras la máquina jugaba frente a una gran concurrencia, se escuchó de repente un fuerte estornudo que provenía del interior del aparato: dentro de la caja se alojaba un enano ajedrecista.
Tres siglos han pasado y El Turco ha sido reemplazado por veloces computadores digitales. En 1997, Deep Blue, un programa elaborado por la IBM y ejecutado en un monstruo de 1,4 toneladas de neurochips, capaz de analizar doscientos millones de jugadas por segundo, derrotó a Garry Kasparov, quizás el mejor jugador de ajedrez de toda la historia. Para sorpresa de muchos, en menos de una década dos ingenieros alemanes, Frans Morsch y Mathias Feist, pudieron desarrollar a Deep Fritz, un software mejor dotado que Deep Blue, capaz de aprovechar varios procesadores en paralelo y que puede ejecutarse en un computador minúsculo, si lo comparamos con el monumental aparato construido por la IBM. En la actualidad Deep Rybka, un programa diseñado por un equipo de expertos entre los que se encuentra el maestro internacional Vasik Rajlich, es posiblemente el mejor jugador de toda la historia, con un Elo 100 puntos por encima de Deep Fritz.
El juego celebrado en Bonn fue un gran triunfo para la inteligencia artificial, y la estocada final para algunos románticos que aún sostenían que los robots jamás superarían a los humanos jugando a los escaques, “por ser el ajedrez más arte que estrategia y menos cálculo que intuición”. La idea de que aquellas destrezas que consideramos exclusivas de los humanos puedan ser usurpadas por las máquinas resulta sacrílega para la mayoría. Un cerebro de silicio, capaz de inventar y hasta tramar una celada, despierta la peor de las pesadillas de la ciencia ficción: la suplantación final del hombre por la máquina.
Los argumentos que se han dado para descartar como absurda esta posibilidad se reducen en últimas a los mismos prejuicios cartesianos del “fantasma en la máquina”, o la creencia de que aquellas expresiones supremas del intelecto, la ciencia, la literatura, la música y las artes en general no pueden reducirse a simples destellos sinápticos o a patrones electroquímicos en el interior de ese kilo y medio de tejido gelatinoso que llamamos cerebro.
Es cierto que Deep Fritz o Deep Rybka son monstruos de la fuerza bruta, capaces de analizar decenas de millones de posiciones por segundo y de anticipar hasta veintiséis movimientos, pero monstruos cuyas partidas calificaríamos de virtuosas, bellas e imaginativas si se atribuyeran a un jugador humano. Si estas máquinas en realidad piensan o no, dependerá de la definición que convengamos en darle al término. Lo cierto es que no solo juegan como los humanos, sino mejor que el más grande de los maestros.
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