Por: Javier Moreno

Nadie sabe quién es quién

Así se titula el primero de dos ensayos breves sobre las facetas de la violencia en Colombia que el escritor William T. Vollmann escribió tras sus visitas al país entre 1999 y 2000.

Ambos ensayos hacen parte de un proyecto más grande. Hacia mediados de los años ochenta Vollmann (uno de los escritores más versátiles y prolíficos de la escena literaria norteamericana actual) se propuso la tarea de reflexionar sobre las motivaciones de la violencia humana. Su objetivo último era construir una especie de cálculo moral que le permitiera medir el grado de validez de las (finitas) excusas que las personas esgrimen para justificar la violencia. Un instrumento así le permitiría, llegado el caso, tener argumentos suficientes para impedirla (o, en casos extremos, ejercerla). Para esto, además de realizar una revisión minuciosa de la historia y estudios previos de la violencia, Vollmann emprendió una gira suicida mundial por los diferentes epicentros de la desgracia contemporánea. Así, visitó Cambodia destrozada por Pol Pot y su Khmer Rouge; exploró los horrores del comercio sexual en Tailandia; recorrió Sarajevo asediada por las bombas y los francotiradores, las calles duras de Los Angeles y los poblados de Congo tras el asesinato de Kabila; estudió la industria del comercio de armas y se entrevistó con yakuzas en Japón. En América Latina, naturalmente, visitó Colombia. Fue su única estación en nuestro continente. El resultado de este trabajo es "Rising Up and Rising Down: Some Thoughts on Violence, Freedom and Urgent Means" ("Levantarse y postrarse: algunos pensamientos sobre violencia, libertad y medidas urgentes"), un megaensayo a siete volúmenes (¡3400 páginas en total!) que fue (loable e increiblemente) publicado por McSweeney's en 2003 y luego por Ecco Press en una versión comprimida de 750 páginas en 2005. Por desgracia, aún no ha sido traducido al español.

Durante sus visitas, Vollmann exploró dos variantes de la violencia colombiana. La primera es la guerra. En su ensayo titulado "Los niños de papá" recorre Urabá y habla con víctimas de guerrilla y paramilitares. Se entrevista con supuestos miembros de las AUC cerca a Medellín y también en Apartadó que, durante una entrevista que parece comedia macabra, cobran por tomarse fotos junto a él esgrimiendo machetes. Se pregunta por qué tantos colombianos están en desacuerdo con la distribución de responsabilidades propuesta por Amnistía Internacional (¿Por qué, para ser precisos, en ese momento la guerrilla se veía como una amenaza mucho más urgente que el paramilitarismo, cuando ambos competían de tú a tú en barbarie?). Habla con periodistas curtidos y con ciudadanos anónimos. Ve por televisión una larga entrevista a Carlos Castaño. Intenta sin éxito entender la dinámica de la guerra, el juego político subyacente, las razones por las que algunas personas aceptan y defienden las masacres, la mecánica de la industria del secuestro (en su apogeo por esos días), la impotencia (o ineptitud) del gobierno y la fuerza pública para detener la matanza.

En "Nadie sabe quién es quién", por otro lado, Vollmann se concentra en la violencia urbana o, digamos, la violencia cotidiana, de la que no se habla tanto. Y aquí me parece que Vollmann es más agudo que en su viaje por la guerra rural. Bogotá en 1999, Vollmann nos cuenta, se siente como una ciudad resignada, ansiosa, demolida socialmente. Una versión atenuada de Sarajevo durante el sitio. Aunque la violencia es evidente, parece controlable, predecible. Los habitantes de Bogotá decían entonces (y siguen diciendo hoy) que la ciudad es segura, que no es tan terrible. La policía luce impotente pero todos están de acuerdo en que se puede vivir. Claro, pasan cosas: matan a Chucho Bejarano en medio de una Universidad Nacional empapelada de apoyos explícitos a las guerrillas bárbaras; una niña en Tunal es asesinada por una bala perdida; su papá había sido estrangulado, sin razón aparente, ocho meses atrás; los adictos matan y mueren en el Cartucho; los mendigos amenazan con tanta sutileza como efectividad a los transeúntes; los desplazados se acumulan en las calles; la ciudad apesta a rabia y miedo; los taxis son usados como trampas para ejecutar pequeños secuestros pesadillescos, etcétera. Pero todo esto se puede prevenir. Es cuestión de costumbre, de seguir ciertas reglas, evitar ciertas zonas y ciertas horas, estar atento, invertir una cierta porcentaje del tiempo a la paranoia, y desconfiar, porque "nadie sabe quién es quién". A Vollmann le parece que esta violencia, aunque mucho más sutil, es tan grave y tan sintomática del estado del país como la del campo. 

Y uno puede decir que todo esto son trivialidades. Que todos sabemos que en Bogotá (o en Medellín) se puede vivir por años sin que a uno le pase nada si uno es suficientemente cuidadoso, desconfiado y prevenido. Algunos, incluso, dirán que este gringo no tiene derecho a venir a decirnos lo que somos o a juzgar lo que hacemos. Pero yo pienso que es importante prestarle atención a observaciones como estas, a la mirada ingenua. Pensar en cómo nos vemos desde lejos y lo que eso dice sobre nosotros. Vollmann mismo reconoce que su perspectiva de Bogotá puede ser exagerada, manipulada por sus guías improvisados (casi todos taxistas) y su propia ignorancia, pero yo me pregunto si no seremos nosotros los engañados. Después de todo somos nosotros, no él, los que ya no vemos el paseo millonario como un secuestro, no nos escandaliza (aunque nos aterre) el uso criminal de la burundanga y nos parece normal que después de cierta hora sea mejor no frenar del todo en los semáforos. Aprendemos, a las malas, a vivir junto a la inminencia del crimen. ¿Cómo puede Colombia construir un contrato social que funcione?, se pregunta Vollmann y eso mismo me pregunto yo. Para él esa es la pregunta central. A diez años de estos ensayos el país parece distinto en muchos aspectos, pero el grado de violencia sigue siendo esencialmente el mismo. Se translada de zonas, cambia un poco su naturaleza, el carácter de los crímenes, se adapta a las preocupaciones y urgencias improvisadas de los políticos, pero pese a todos los aparentes progresos Colombia sigue siendo en un país donde matan gente a fusil o machete en el campo mientras otros se agazapan bajo largas listas de reglas de seguridad en las ciudades para luego decir como si nada, desde lo profundo del búnker, que aquí las cosas, en realidad, no están tan mal, que "Bogotá es un vividero" aunque todos tengamos nuestras historias de terror. Poner en evidencia estos contrastes, creo, es el gran aporte de este par de ensayos, y la razón principal por la que no pierden vigencia. Cuesta conseguirlos, pero vale la pena leerlos.

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