Por: Héctor Abad Faciolince

Todavía hay jueces en Berlín

 LA ANÉCDOTA, AL PARECER, ES MÁS legendaria que verdadera, pero no deja de ser interesante, y dice así: cuando Federico el Grande, rey de Prusia, construyó su palacio de Sans-souci, había a un costado de sus magníficos jardines un viejo molino de madera, ruidoso y sucio.

A Federico II le pareció que este molino afeaba su nueva residencia de verano y mandó derribarlo. El molinero, sin embargo, se opuso a la decisión del monarca y llevó el caso ante la justicia, al tiempo que le decía al rey: “Sire, es gibt noch Richter in Berlin”, es decir: “Señor, todavía hay jueces en Berlín”. Y cuando los jueces fallaron a favor del molinero, el mismo monarca, respetuoso de la justicia, celebró que hasta él mismo tuviera que acatar la decisión de los jueces de la capital de Prusia. Cuando uno visita los jardines del castillo, en Potsdam, se puede ver todavía el viejo molino, rechinando y en pie.

Legendaria o verídica que sea esta anécdota (probablemente es leyenda pues su majestad Federico II no era propiamente un demócrata), la frase se ha vuelto proverbial para indicar el valor de los magistrados cuando no se dejan imponer, por miedo al poderoso, por prebendas o amenazas, las arbitrariedades del más fuerte. Ante la valerosa y bien fundada decisión de la Corte Constitucional, podemos celebrar que todavía haya jueces en Bogotá. No todos ellos acomodan la ley a su ideología, tal como hizo por ejemplo el Procurador en su disparatado concepto favorable sobre la ley del referendo reeleccionista. Con esta sentencia, como bien decía un analista de Semana, “el Estado de Derecho venció al Estado de Opinión”. No basta una mayoría momentánea para sustituir la esencia de la Constitución. No se pueden comprar firmas y votos superando todos los topes legales para financiar las campañas.

Es un descanso y una esperanza. Después de años y años de hablar y de discutir sobre la reelección, después de perder casi todo nuestro tiempo y casi todas nuestras energías discutiendo alrededor de un solo asunto absurdo, Colombia, al fin, puede cambiar de tema. Se acaba el mismo sonsonete neurótico. Pero nos quedan apenas dos semanas para pensar bien en el Congreso que vamos a elegir y apenas dos meses para cambiar de presidente. Así como no vamos a reelegir a Uribe, tampoco deberíamos repetir el mismo Congreso que aprobó la reelección.

La Constitución del 91 nos dejó, fuera de un texto demasiado largo y a veces contradictorio, una nueva institución guardiana de la Carta Fundamental: la Corte Constitucional. La mayoría de los pocos avances que ha habido en materia de justicia política y social, en estos casi veinte años, se los debemos a esta nueva Corte. Ella protegió los derechos de los desplazados; gracias a ella está permitida la eutanasia y durante muchos años no fue delito consumir drogas por decisión personal; la Corte Constitucional ha tutelado también los derechos a la salud y a la educación. Gracias a ella las mujeres enfermas o violadas que aborten ya no pueden ir a la cárcel. Es mucho lo que les debemos a sus sentencias. A veces nos ha desilusionado, pero en general podría decirse que es la institución más sólida que surgió con la Carta que nos rige. Esta decisión que acaba de tomar, lo confirma una vez más. Incluso magistrados que habían sido nombrados por el Ejecutivo, al sentir la majestad de su función y la seriedad jurídica de los argumentos que se exponen en esa sede, se plegaron a la lógica, y no a un sentimiento partidista. Hay momentos felices en la vida de las naciones, momentos en que uno siente que puede confiar en el crecimiento y en la madurez de su propio país. Ojalá en las elecciones que se acercan podamos confirmar que estamos madurando. Los argumentos, la serenidad y las buenas razones podrían estar ganándoles, al fin, a los que usan el miedo, el dinero, la violencia y los gritos para llegar al poder. Parece que estuviéramos viviendo unos instantes de sensatez: sepamos aprovecharlos.

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