Por: Cristina de la Torre

¿Cesó la horrible noche?

RESPIRÓ MEDIA COLOMBIA. CUANDO el país se precipitaba hacia la dictadura, sellada con un tercer mandato de Uribe, se interpuso la Corte Constitucional para salvar esta democracia liberal trabajosamente construida desde 1810.

Preñada de vacíos, sí, ella replicó, no obstante, cuando quiera que la tentación autoritaria asomó su fea cabeza. Mas esta vez podría tratarse de la victoria de una ilusión. Un alto en el proceso arrollador que desde hace tres décadas configura una nueva Colombia, cuyo protagonista principal es la economía del narcotráfico. Con sus fases de cultivo, producción y comercialización de drogas ilícitas; lavado de activos y colocación del producido mayor en los paraísos fiscales, este mercado negro permeó todas las venas de la economía nacional, protagonizó una movilidad social sin precedentes y propuso una forma autoritaria de poder.

El de Uribe es el ciclo más reciente y dramático del nuevo país que en Ralito “refundó” la patria. Concurrieron al pacto los dirigentes de siempre y emisarios de sectores sociales que habían padecido la humillación de la pobreza y la exclusión, y que ahora pedían pista y poder. Con armas o sin ellas, por los atajos o en sana ley, muchos ricos y pobres en ascenso formaron un contingente sustancial del pueblo cuyos anhelos supo simbolizar Uribe y convertir en savia de su Estado de opinión. Aunque sus medidas económicas ahondaron, implacables, los abismos sociales, Uribe interpretó el ansia general de reducir como fuera a la guerrilla. Y se entregó con rabia a esta misión que midió su temple de líder y lo cubrió de gloria. Pero a un costo elevadísimo. Su política de seguridad cohonestó vilezas que han puesto al Gobierno en la mira de la justicia internacional.

El paramilitarismo puso el grueso de los 150 mil muertos que el conflicto cobró en el último cuarto de siglo. Sobre todo desde cuando las Convivir derivaron en fuerza armada de las mafias, mientras éstas ejecutaban una contrarreforma agraria, a sangre y fuego. Los que no murieron en el despojo de tierras, huyeron como fantasmas a mendigar en las ciudades: hoy suman cinco millones. Ni hablar de los 2.200 falsos positivos del Ejército. La estrategia de desmovilización del paramilitarismo no se hubiera truncado a medio camino de haber desmontado las estructuras militar, política y económica que le valieron a la mafia el poder en las regiones. Y en el Congreso, como bancada uribista por interpuesto político. Ella es mayoría entre los 65 parlamentarios investigados, a contrapelo de la Casa de Nariño, por nexos con el crimen. El Gobierno se cuidará de llenar sus sillas con la parentela que les sucederá, en retribución por los votos recibidos. Uribe preservará este fortín hasta consumar el proyecto histórico de la nueva Colombia que lo ocupa como su mentor insuperable. También hasta el Ejecutivo brincaron las élites de esta movilidad envolvente, que se sientan a manteles con cierta oligarquía, condescendiente con “la guacherna” cuando de plata se trata, piponcha mientras la pobreza en Sucre es del 70% y consentida del Príncipe que tiene a su país con el más alto desempleo en el continente. Olivos y aceitunos fundidos en uno para lucrarse del Estado y del negocio que pinte, sea santo o non sancto.

Acaso la envergadura del fenómeno trascienda la circunstancia de una reelección (o de dos), y entonces habrá uribismo para rato. A no ser que más colombianos despierten del letargo para retomar la senda de la democracia que la Constitucional ha señalado. Que, agrietado el mesianismo, renazcan los partidos. Que digan cómo vencer el conflicto, el desempleo y la miseria, y se muestren tan dispuestos como Uribe a desvelarse por lo suyo. Entonces podríamos decir que cesó la horrible noche.

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