Por: María Teresa Ronderos

El juego limpio de Mockus

UNA VEZ, HACE YA TIEMPO, ME DIJO el ya fallecido maestro Carlo Federici que su alumno Antanas Mockus “llevaba las actitudes fundamentales del hombre que llega a la cima: honesto, racional, sensible”.

Mockus, como tantos colombianos, hijo de desplazados de la guerra, tenía que ser sensible. Sus padres lituanos huyeron del comunismo estalinista al exilio permanente en Bogotá, a reconstruir sus vidas, trabajando de sol a sombra. La honestidad le viene del ejemplo de un hogar con una artista, un arquitecto y su tío adoptivo, un filólogo, que cortejaban la inteligencia y no el dinero. La racionalidad de su mente extraordinaria y del largo entrenamiento que le ha dado. La combinación de estos tres dones a veces le resulta explosiva, pues quiere explicarlo todo con tanta racionalidad, y de forma tan honesta, “entendiendo el dolor del otro”, que resulta a veces demasiado abstracto.

Hasta ahora el electorado sólo ha permitido que candidatos en los que sobresalen estas cualidades lleguen a mandar en las ciudades, pero el Gobierno del país suele confiársele a personas que, en cambio, disfrazan sus mentiras de razones de Estado, o son más maliciosos que racionales, o sólo se sienten cuando les hieren el ego.

Los jóvenes, que suelen ser descreídos y apolíticos, están emocionados impulsando al ex alcalde bogotano por las redes virtuales porque saben que su compromiso con el cambio y el de los ex alcaldes que lo apoyan no es mero discurso. Hemos visto su honestidad porque siempre han tenido el dinero para emprender obras y programas de impacto social tangible. Hemos palpado su sensibilidad porque han privilegiado en sus presupuestos a sus gobernados más pobres y débiles. Hemos constatado que ponen su inteligencia al servicio del interés público, y no al de grupos de poder o, peor aún, al propio. 

Esta semana, con dos gestos nunca antes vistos en una campaña electoral en Colombia, demostraron, con hechos, que lo suyo no son promesas al aire. El primero, anunciar que no recibirían los $7 mil millones que les iba a girar el Estado como reposición de votos, sino sólo los 3 mil millones que habían gastado. En unas elecciones donde tantas campañas, incluida la del referendo reeleccionista, han violado los topes, o han recibido dineros sucios para comprar conciencias, que unos candidatos den ejemplo de austeridad y devuelvan dinero al Estado es una señal poderosa de la novedad que promete su gobierno.

El segundo fue la revelación de Mockus ante los medios de que hacía poco le han diagnosticado que sufre, aún en forma incipiente, de la enfermedad de Parkinson. Las enfermedades y los comportamientos privados solían ser un tema vedado en la política colombiana. Nadie se atrevía a preguntar por ello. Ni siquiera se da a conocer la fortuna personal de un candidato, aunque esa sea una información vital para una democracia donde hay tanto político con dinero mal habido. 

En este país hemos tenido candidatos a la Presidencia borrachos, uno que otro acosador, tahúres, otros libertinos y uno con Alzheimer. Pero nunca le contaron nada al público. Todo se mantuvo en secreto, y sólo por ahí de vez en cuando estallaba algún escándalo, como cuando un Presidente se sobrepasó en público con una reina de belleza y se ganó una cachetada.

Ser honesto con los ciudadanos requiere coraje. Ser sensible es respetarlos, decirles la verdad. Si la gente lo entiende así, Mockus subirá en los afectos. Pero la revelación también puede llevarlo a perder el respaldo de quienes teman que la enfermedad pueda convertírsele en un obstáculo para gobernar un país tan complejo como este.

Por eso mismo es una muestra de transparencia, a toda costa, sin importar las consecuencias. Y entre un Presidente con una enfermedad física, pero el espíritu puesto en el juego limpio con los ciudadanos, y otro que por atlético que sea, tiene el alma dispuesta a hacer valer todo medio necesario para conseguir lo que se propone, me quedo con el primero.

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